lunes, 20 de agosto de 2012

National Geographic - De regreso a Marte en 3D (1998)

Hace poco tuve que reordenar mi biblioteca y me encontré con varios tesoros: libros repetidos, libros que había olvidado que tenía, libros que no sabía que tenía y libros que sabía que tenía pero que no sabía dónde @#$%& estaban. Entre estos últimos, esta edición de la revista National Geographic de agosto de 1998, con su tapa y artículo principal dedicados a la misión Pathfinder. La particularidad de este número fue que trajo varias fotografías en 3D -o anaglifos-, no sólo de Marte, sino también de los restos del Titanic. En el interior de la revista venían troqueladas las gafas de cartón con los "lentes" de color rojo y azul. 

La cuestión es que la nave Pathfinder llevaba una cámara estereoscópica con 24 filtros, además de las otras cámaras, todo el paquete de instrumentos de meteorología y el pequeño vehículo Sojourner, que también llevaba sus propias cámaras delanteras y traseras y un completo espectrómetro. Si bien el principal objetivo de la misión "era simplemente depositar a salvo algo -cualquier cosa- en Marte", la nave, el vehículo y todos sus instrumentos funcionaron a la perfección.

Después de tomarme el trabajo de fotografiar la revista y subir las fotos, encontré este sitio de la NASA con estas y otras fotos.

Cómo funciona la "tercera dimensión".
Tapa de la revista: el Sojourner en Marte.





















Los Picos Gemelos.

El Jardín de rocas.

Dunas cerca del borde del Gran Cráter.



El Sojourner bajando de la rampa de la Pathfinder.

Ah, me olvidaba: gracias a esta revista también me enteré de dónde salió el nombre Sojourner.

jueves, 9 de agosto de 2012

¿Por qué explorar el Espacio? Carta de un científico a una monja.

Hace poco volví a leer comentarios en Facebook de gente indignada por el costo de la exploración espacial. Digo volví porque el aparente dilema, obviamente, no es nuevo. En este caso, los comentarios eran en relación a la misión que logró depositar al Curiosity, un vehículo robótico a control remoto, en la superficie de Marte. Difícil sería contestar en pocas palabras cual es la importancia de la exploración de la Luna, Marte, Venus y los demás planetas del Sistema Solar. Por suerte, la respuesta ya había sido escrita.

En 1970 -meses después de que el hombre pisara por primera vez la superficie lunar-, la Hermana Mary Jucunda, una monja radicada en Zambia, escribió una carta al doctor Ernst Stuhlinger, entonces director asociado de ciencia en el Centro de Vuelos Espaciales Marshall de la NASA, en respuesta a sus investigaciones sobre una misión tripulada a Marte. Concretamente, le preguntó cómo podía sugerir que se gastasen miles de millones de dólares en un proyecto así en un tiempo en el que tantos niños morían de hambre en la Tierra.

Stuhlinger envió a la Hermana Jucunda la siguiente carta de explicación (más tarde publicada por la NASA bajo el título “¿Por qué explorar el Espacio?”), junto con una copia de Earthrise, la famosa fotografía de la Tierra asomando sobre el horizonte de la Luna, tomada el 24 de diciembre de 1968 por el astronauta William Anders desde la cápsula de la misión Apolo 8, la primera misión tripulada en orbitar la Luna. Se dice que es la fotografía que mayor conciencia medioambiental ha logrado en la historia.

6 de mayo de 1970

Estimada Hermana Mary Jucunda,

Su carta ha sido una de tantas que me llegan cada día, pero me ha conmovido más profundamente que todas las demás porque viene de una mente inquieta y un corazón compasivo. Intentaré responder a su pregunta lo mejor que pueda.

Primero, sin embargo, me gustaría expresarle la gran admiración que siento por usted y por sus valientes hermanas, porque están ustedes dedicando sus vidas a la más noble causa del hombre: ayudar a sus semejantes necesitados.

Pregunta en su carta cómo puedo sugerir que se gasten miles de millones de dólares en un viaje a Marte, en un momento en el que muchos niños mueren de hambre en la Tierra.

Sé que no espera usted una respuesta como “¡Oh, no sabía que había niños muriéndose de hambre, pero desde ahora dejaremos de explorar el espacio hasta que la humanidad haya resuelto ese problema!” En realidad, sé de la existencia de niños hambrientos mucho antes de saber que un viaje al planeta Marte es técnicamente posible. Sin embargo, como muchos otros, creo que viajar a la Luna, y luego a Marte y otros planetas, es una aventura que debemos emprender ahora, e incluso creo que ese proyecto, a la larga, contribuirá más a la solución de esos graves problemas que tenemos aquí en la Tierra que muchos otros potenciales proyectos de ayuda que se están debatiendo y discutiendo año tras año, y que son tan lentos a la hora de proporcionar ayuda tangible.

Antes de intentar describir en más detalle cómo nuestro programa espacial contribuye a la solución de nuestros problemas en la Tierra, me gustaría relatarle brevemente una supuesta historia real. Hace 400 años, vivía un conde en una pequeña aldea de Alemania. Era uno de los condes benignos, y daba gran parte de sus ingresos a los pobres de su aldea. Eso era muy de agradecer porque la pobreza abundaba en los tiempos medievales y había epidemias de plaga que asolaban con frecuencia el campo. Un día, el conde conoció a un extraño hombre. Tenía una mesa de trabajo y un pequeño laboratorio en su casa, y trabajaba duro durante el día para poder permitirse algunas horas de trabajo en su laboratorio por las noches. Tenía lentes pequeñas hechas de trozos de vidrio; montaba las lentes en tubos y usaba esos aparatos para mirar objetos muy pequeños. El conde estaba particularmente fascinado por las minúsculas criaturas que podían observarse con grandes aumentos, y que nunca antes habían sido vistos. Invitó al hombre a mudar su laboratorio al castillo, a convertirse en un miembro de su casa y a dedicar desde entonces todo su tiempo al desarrollo y perfeccionamiento de sus aparatos ópticos como empleado especial del conde.

Los aldeanos, sin embargo, se enfadaron cuando se dieron cuenta de que el conde estaba desperdiciando su dinero en lo que ellos consideraban una payasada sin sentido. “¡Sufrimos por la plaga,” decían, “mientras le paga a ese hombre por un hobby sin utilidad!” Pero el conde permaneció firme. “Os doy tanto como puedo,” dijo, “pero también apoyaré a este hombre y a su trabajo, porque creo que un día algo útil saldrá de ello.”

Realmente, salieron cosas muy útiles de ese trabajo, y también de trabajos similares hechos por otros en otros lugares: el microscopio. Es bien sabido que el microscopio ha contribuido más que cualquier otro invento al progreso de la medicina, y que la eliminación de la plaga y de muchas otras enfermedades contagiosas en todo el mundo es en buena parte el resultado de los estudios que el microscopio hizo posibles.

El conde, al reservar algo de su dinero para investigación y descubrimiento contribuyó mucho más al alivio del sufrimiento humano que lo que hubiera conseguido dando a su comunidad asolada por la plaga todo lo que pudiera ahorrar.

La situación que afrontamos hoy es similar en muchos aspectos. El Presidente de los Estados Unidos gasta unos 200.000 millones de dólares en su presupuesto anual. Ese dinero va a sanidad, educación, servicios sociales, renovación urbana, autopistas, transportes, ayuda al exterior, defensa, conservación, ciencia, agricultura y muchas instalaciones dentro y fuera del país. Aproximadamente el 1,6% de este presupuesto nacional se destina este año a la exploración espacial. El programa espacial incluye el Proyecto Apolo y muchos otros proyectos más pequeños en física espacial, astronomía espacial, biología espacial, proyectos planetarios, proyectos de recursos de la Tierra e ingeniería espacial. Para hacer posible este gasto en el programa espacial, el contribuyente norteamericano medio, con ingresos de 10.000 dólares anuales, paga unos 30 dólares de sus impuestos para el espacio. El resto de sus ingresos, 9.970 dólares, queda para su subsistencia, recreo, ahorros, otros impuestos, y todos sus demás gastos.

Probablemente usted se preguntará: “¿por qué no coge 5, o 3, o 1 dólar de esos 30 dólares para el espacio que el contribuyente norteamericano medio está pagando, y envía esos dólares a los niños hambrientos?” Para responder a esa cuestión, tengo que explicarle brevemente cómo funciona la economía de este país. La situación es muy similar en otros países. El gobierno consiste en un número de departamentos (Interior, Justicia, Sanidad, Educación y Servicios Sociales, Transporte, Defensa y otros) y las oficinas (Fundación Nacional para la Ciencia, Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio, y otras). Todos ellos preparan sus presupuestos anuales según sus misiones asignadas y cada uno de ellos defiende su presupuesto frente a una supervisión extremadamente severa por parte de las comisiones del Congreso y frente a una fuerte presión de ahorro por parte de la Oficina Presupuestaria y del Presidente. Cuando los fondos son finalmente asignados por el Congreso, solamente pueden gastarse en las partidas presupuestarias especificadas y aprobadas en su presupuesto.

El presupuesto de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA), por supuesto, solamente puede contener partidas directamente relacionada a la aeronáutica y al espacio. Si ese presupuesto no fuese aprobado por el Congreso, los fondos propuestos no estarían disponibles para nadie más; sencillamente no serían gravados al contribuyente, a menos que alguno de los otros presupuesto hubiese obtenido la aprobación para un aumento específico, que entonces absorberían los fondos no gastados en el espacio. Se dará usted cuenta, a partir de este breve discurso, que el apoyo a los niños hambrientos, o más bien un apoyo adicional a lo que los Estados Unidos ya está contribuyendo para esa misma noble causa en la forma de ayuda al exterior, solamente puede obtenerse si el departamento apropiado solicita una asignación para este fin, y si esa asignación es aprobada por el Congreso.

Puede usted preguntarse si yo, personalmente, estaría a favor de una acción así por parte de nuestro gobierno. Mi respuesta es un rotundo sí. De hecho, no me importaría en absoluto si mis impuestos anuales fuesen aumentados un cierto número de dólares con el fin de alimentar niños hambrientos dondequiera que vivan.

Sé que todos mis amigos sienten lo mismo. No obstante, no podemos llevar a cabo un programa así simplemente desistiendo de nuestros planes de viajar a Marte. Al contrario, creo incluso que al trabajar para el programa espacial puedo hacer alguna contribución al alivio y eventual solución de problemas tan graves como la pobreza y el hambre en la Tierra. En el problema del hambre hay dos funciones básicas: la producción de comida y su distribución. La producción de alimentos por medio de agricultura, ganadería, pesca y otras operaciones a gran escala es eficiente en algunas partes del mundo, pero drásticamente deficiente en muchas otras partes. Por ejemplo, podrían utilizarse mucho mejor grandes extensiones de terreno si se aplicasen métodos eficientes de control de cuencas fluviales, uso de fertilizantes, pronósticos meteorológicos, evaluación de fertilidad, programación de plantaciones, selección de campo, hábitos de plantación, cadencia de cultivos, inspección de cosecha y planificación de recolecciones.

La mejor herramienta para mejorar todas esas funciones, sin duda, es el satélite artificial en órbita terrestre. Dando vueltas al mundo a gran altitud, puede explorar grandes zonas de terreno en poco tiempo; puede observar y medir una gran variedad de factores que indican el estado y las condición de cosechas, suelo, sequías, precipitaciones, nieve, etc, y puede enviar esta información por radio a las estaciones de tierra para su buen uso. Se ha estimado que incluso un sistema modesto de satélites terrestres equipados con sensores, trabajando en un programa de mejora agrícola a escala mundial, aumentaría el tamaño de las cosechas en el equivalente de muchos miles de millones de dólares.

La distribución de alimentos a los necesitados es un problema completamente diferente. La cuestión no es tanto de volumen de transporte como de cooperación internacional. El gobernante de un país pequeño puede sentirse incómodo ante la perspectiva de recibir grandes envíos de alimentos provenientes de un país grande, sencillamente porque tema que junto con los alimentos esté importando influencia y poder extranjeros. Me temo que un alivio eficiente del hambre no llegará a menos que las fronteras nacionales sean menos divisorias de lo que son hoy. No creo que el vuelo espacial consiga el milagro de la noche a la mañana. Sin embargo, el programa espacial se encuentra entre los agentes más poderosos y prometedores que trabajan en esa dirección.

Permítame tan sólo recordarle la reciente casi tragedia del Apolo 13. Cuando llegó el crucial momento de la reentrada de los astronautas, la Unión Soviética cortó todas las transmisiones rusas en las bandas de frecuencia usadas por el Proyecto Apolo para evitar cualquier interferencia, y los buques rusos se desplegaron en los Océanos Atlántico y Pacífico en caso de que se hiciese necesario un rescate de emergencia. Si la cápsula hubiera caído cerca de un buque ruso, los rusos sin duda habrían dedicado el mismo cuidado y esfuerzo para su rescate que si hubieran sido cosmonautas rusos regresando de una misión espacial. Si los viajeros rusos se encuentran alguna vez en una situación de emergencia similar, los norteamericanos harán lo mismo sin dudarlo.

Más alimentos gracias a estudios y valoraciones desde órbita y mejor distribución de alimentos gracias a la mejora en las relaciones internacionales son tan sólo dos ejemplos de la profundidad con que el programa espacial hace mella en la vida sobre la Tierra. Me gustaría citar otros dos ejemplos: la estimulación del desarrollo tecnológico y la generación de conocimiento científico.

Los requisitos que deben imponerse a los componentes de una nave espacial que viaja a la Luna, en cuanto a alta precisión y fiabilidad extrema, no tienen precedentes en la historia de la ingeniería. El desarrollo de sistemas que cumplan esos severos requisitos nos ha proporcionado una oportunidad única para encontrar nuevos materiales y procesos, para inventar mejores sistemas técnicos, para procesos de fabricación, para alargar la vida de los instrumentos e incluso para descubrir nuevas leyes de la naturaleza.

Todo este conocimiento técnico recién adquirido también está disponible para su aplicación a tecnologías terrestres. Cada año, alrededor de mil innovaciones técnicas generadas en el programa espacial se abren camino a las tecnología terrestres, donde producen mejores electrodomésticos y equipos agrícolas, mejores máquinas de coser y radios, mejores barcos y aviones, mejores pronósticos del tiempo y avisos de tormentas, mejores comunicaciones, mejores instrumentos, mejores utensilios y herramientas para la vida diaria. Supuestamente, usted preguntará ahora por qué debemos desarrollar un sistema de soporte vital para nuestros viajeros lunares antes de que podamos construir un sistema sensor remoto para los pacientes del corazón. La respuesta es sencilla: los progresos significativos para la solución de los problemas técnicos se hacen con frecuencia no mediante una aproximación directa, sino estableciendo primero un objetivo desafiante que nos ofrece una fuerte motivación para el trabajo innovador, lo que dispara la imaginación y espolea a los hombres para que se esfuercen al máximo, y actúa como catalizador al inducir cadenas de otras reacciones.

El vuelo espacial cumple exactamente este papel. El viaje a Marte no será, ciertamente, una fuente directa de alimentos para los hambrientos. No obstante, conducirá a tantos nuevos procesos tecnológicos que los subproductos de este proyecto, por sí solos, valdrán muchas veces más que el coste de su implementación.

En adición a la necesidad de nuevos procesos tecnológicos, hay una necesidad creciente de conocimientos básicos de ciencias si queremos mejorar las condiciones de la vida humana sobre la Tierra. Necesitamos más conocimientos en física y química, en biología y fisiología, y muy particularmente en medicina para hacer frente a los problemas que amenazan la vida del hombre: hambre, enfermedades, contaminación de la comida y del agua, polución del medio ambiente.

Necesitamos que más jóvenes, hombres y mujeres, escojan ciencia como su profesión, y necesitamos más apoyo para esos científicos que tienen el talento y la determinación para enzarzarse en un trabajo científico fructífero. Deben tener a mano objetivos de investigación que supongan un desafío, y hay que proporcionarles suficiente apoyo para proyectos de investigación. De nuevo, el programa espacial, con sus maravillosas oportunidades para llevar a cabo estudios de investigación realmente magníficos en lunas y planetas, en física y astronomía, en biología y medicina, constituye un catalizador casi ideal que induce la reacción entre la motivación del trabajo científico, las oportunidades para observar fenómenos naturales excitantes y el apoyo material necesario para llevar a cabo el esfuerzo de investigación.

Entre todas las actividades dirigidas, controladas y financiadas por el gobierno norteamericano, el programa espacial es ciertamente la actividad más visible y probablemente la más debatida, aunque solamente consume el 1,6% del presupuesto, y es el 3 por mil (menos de un tercio de un uno por ciento) del producto interior bruto. No hay ninguna otra actividad equivalente en términos de estimulador y catalizador para el desarrollo de nuevas tecnologías e investigación en ciencias básicas. Podemos incluso decir al respecto que el programa espacial está asumiendo una función que, durante tres o cuatro mil años, ha sido la triste prerrogativa de la guerra.

¡Cuánto sufrimiento humano puede evitarse si las naciones, en lugar de competir con sus flotas de bombarderos y cohetes, compitiesen con sus naves espaciales para viajar a la Luna! Esta competición está llena de promesas de victorias brillantes, pero no deja espacio para la amargura de los vencidos que no conduce más que a la venganza y a nuevas guerras.

Aunque nuestro programa especial parece llevarnos lejos de la Tierra y hacia la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas, creo que ninguno de esos objetos celestes recibirá tanta atención y estudio por parte de los científicos espaciales como nuestra Tierra. Se convertirá en una Tierra mejor, no sólo por todo el nuevo conocimiento técnico y científico que usaremos para la mejora de la vida, sino también porque estamos desarrollando un aprecio más profundo hacia nuestra Tierra, hacia la vida y hacia el hombre.

Earthrise, tomada por el Apolo 8 en órbita lunar
La fotografía que le incluyo con esta carta muestra una vista de nuestra Tierra desde el Apolo 8 cuando estaba en órbita lunar en las navidades de 1968. De los muchos y maravillosos resultados del programa espacial hasta la fecha, esta imagen puede que sea la más importante. Abrió nuestros ojos al hecho de que nuestra Tierra es una hermosa y preciada isla en un vacío sin límites, y que no hay otro lugar en el que podemos vivir que la delgada capa superficial de nuestro planeta, bordeada por la desolada nada del espacio. Nunca antes reconoció tanta gente lo limitada que nuestra Tierra es en realidad, y lo peligroso que sería entrometerse en su balance ecológico. Desde que esta fotografía fue publicada, aumentan más y más las voces que avisan de los graves problemas con que se enfrente el hombre en nuestros tiempos: contaminación, hambre, pobreza, vida urbana, producción de alimentos, control de agua, superpoblación. No es casualidad que comencemos a ver la tremenda tarea que nos espera justo en el momento en que el joven programa espacial nos proporciona la primera buena mirada a nuestro propio planeta.

Por fortuna, la era espacial no sólo sujeta un espejo en el que podemos vernos a nosotros mismos, sino que también nos proporciona la tecnología, el desafío, la motivación e incluso el optimismo para atacar estas tareas con confianza. Lo que aprendemos en el programa espacial, creo, apoya del todo lo que Albert Schweitzer tenía en mente cuando dijo: “Miro al futuro no con preocupación sino con esperanza.”

Mis mejores deseos estarán siempre con usted y con sus niños.
Muy sinceramente suyo,
Ernst Stuhlinger
Director Asociado de Ciencias


Fuente en inglés: Letters of Note.
Fuente en español: Amazings.es.

El Oso y el Duraznero

El multifacético Andrés Diplotti, autor de Pez Diablo y La Pulga Snob, nos enseña un poco más sobre las metáforas en este colorido cuento:

El Oso y el Duraznero

Una vez, en medio de un bosquecillo, había un pueblito. Era un pueblito pintoresco y genérico, de los que se suelen fabricar por docenas para cuentitos como éste, con su escuelita, su cura y su zapatero remendón.

Resulta que muy cerca de este pueblito crecía un duraznero, un gran duraznero silvestre. Todos los veranos sus ramas se llenaban de frutas gordas y aterciopeladas que los chicos miraban desde lejos.

Sólo las miraban, porque no podían hacer otra cosa.

—No agarres duraznos de ese duraznero —los reconvenían sus madres—. Hay un oso que ronda el árbol y se come a los que se acercan.

Y ellos obedecían, por supuesto. Se contaban historias de niños traviesos que por hartarse de duraznos habían sido devorados por el oso. Así que los chicos se reunían en el linde del pueblo y miraban los duraznos soñando con la pulpa dulce y jugosa, pero todos se mantenían lejos.

Todos, menos uno.

Una tarde, a la hora de la siesta, un valiente fue derecho al duraznero. Tomó un durazno con temor, mirando cautelosamente a uno y otro lado; se lo comió y tiró el carozo. A continuación se comió otro, ya con más confianza. Y otro. Y otro más. Comió hasta que no pudo seguir y después se durmió a la sombra del árbol.

Ahí lo encontró su mamá al caer la tarde.

—¡Te dije que no comieras duraznos! —le gritaba mientras lo iba arreando a cachetazo limpio hasta su casa—. ¡Te podía haber comido el oso!

Pero no se lo había comido, y la noticia dejó atónito al pueblo. Hasta la fecha, todas las historias eran unánimes: chico que comía duraznos, chico que terminaba en el estómago del oso. Esa misma noche, los hombres instruidos se reunieron en el club a deliberar sobre el asunto mientras tomaban grapa Valle Viejo y jugaban al mus.

—A lo mejor el oso se murió —conjeturó el almacenero—. Después de todo, las historias son muy antiguas.
—Imposible —respondió muy seguro el director de la escuela—. Si el oso se murió, no hay nada que impida que los chicos se empachen de duraznos y después no quieran cenar.

Y, como eso era indeseable, todos estuvieron de acuerdo en que debía ser un oso muy longevo.

Fue el viejo bufetero del club el que dio con la solución. Las historias coincidían en que el oso se comía a los chicos que agarraban duraznos, pero en ningún lugar decía que lo hiciera inmediatamente después del hecho. Bien podía ser que, más tarde o más temprano, el oso acudiera a la casa del pequeño transgresor para alimentarse.

Era una respuesta tan satisfactoria como alarmante. Un oso en el pueblo siempre era un peligro, en especial uno tan rencoroso como aquél. Al día siguiente, todo el pueblo se armó en previsión de su visita.

La visita no se produjo en lo que quedaba del verano, ni tampoco en el otoño. Al fin, el invierno llegó sin que se hubiese visto oso alguno. Los braseros calentaban el club la noche que los hombres instruidos se reunieron a deliberar mientras tomaban caña Legui y jugaban a la generala.

—El oso ya no va a venir —opinó el comisario—. Ya debe estar hibernando en su cueva.
—¿Qué cueva? Si por acá no hay ninguna —retrucó el almacenero.
—Debe ser un oso que no hiberna —aventuró alguien.
—Debe ser un oso que no necesita cueva.
—Debe ser un oso que cava su propia cueva, como las vizcachas.

Entonces al cartero, que hacía poco que vivía en el pueblo, se le ocurrió decir:

—Para mí que el oso no existe.

Los demás se rieron de semejante ocurrencia. Le señalaron las escopetas y los machetes que tenían preparados desde hacía meses, y le hicieron notar que solamente un bobo se arma contra un oso inexistente. Hasta el intendente y el director de la escuela se habían armado, y ésos no eran ningunos bobos.

—Es más, mañana vamos a ir a cazarlo para que vea que sí existe.

Dicho y hecho: todo el día siguiente buscaron en el bosquecillo lindero al pueblo. Pasó la mañana y pasó la tarde, y al final se hizo de noche sin que hubiera aparecido ningún oso. Ni huellas de oso. Ni heces de oso, ni pelos de oso, ni nada.

—Cosa rara —dijo un baqueano al comprobar el gran sigilo del oso y su capacidad para esconderse en el monte ralo. El veterinario estaba maravillado por el eficiente metabolismo que debía tener para no producir desechos. El zapatero, por su parte, habló de lo gruesa y suave que tenía que ser la piel de sus patas si no dejaba huellas. Y, para no ser menos, el peluquero alabó la fuerza de su pelaje.

Todos estuvieron de acuerdo en que debía ser un oso muy particular, y redoblaron la vigilancia.

Pasó el tiempo, un tiempo largo. Varias veces el duraznero se llenó de frutas grandes y fragantes que terminaban pudriéndose en el suelo porque nadie las comía. El último que lo había hecho dejó de ser un chico para convertirse en un hombre, un muchachón fornido que un buen día se fue del pueblo en busca de horizontes más amplios.

Una vez más, los hombres instruidos se reunieron en el club para debatir el asunto mientras tomaban ginebra Bols y jugaban al tute cabrero.

—¿Cómo va hacer el oso para encontrarlo? —planteó el jefe de la estación de tren.
—Lo va a seguir a la ciudad —arriesgó un perito mercantil que andaba de paso.
—Le va a seguir el rastro por el olfato.
—Debe tener contacto con osos de otros lugares.
—El oso es un cuento —metió bocadillo el que había sido cartero y ahora era jefe de la oficina de correo—. Lo inventaron hace mucho las madres del pueblo para que los chicos no se empachen de duraznos y después no quieran cenar.
—Vea, don —se le enojó el comisario—, yo no sé cómo será en el lugar de donde viene usted, pero aquí no se insulta a las madres de los demás llamándolas mentirosas.
—Además —dijo otro con una risita—, si está tan seguro, ¿por qué no va usted a comer duraznos?

No contaban con que el antiguo cartero aceptara el desafío. Al día siguiente fue al duraznero, se atiborró de fruta y durmió la siesta a la sombra. Al atardecer, cuando volvía al pueblo, se encontró con que le cerraban el paso.

—¿Qué hizo, animal? —lo levantaron en peso el intendente, el cura, el director de la escuela y varios más—. ¡Ahora el oso va a venir a buscarlo a usted! ¿Es que no piensa en las pobres criaturas que pone en peligro? ¡Váyase! ¡Váyase y no vuelva más!

Y, después de echar al viejo, se levantó un cerco alrededor del duraznero y se emitió un edicto que condenaba al destierro a todo el que se atreviera a cruzarlo.

Pasaron años. Muchos años. El duraznero terminó por marchitarse y se lo comieron los bichos. El pueblo creció en torno al lugar donde había estado, que hoy es una plaza.

Todos los años, la Plaza del Duraznero es el centro de un festival que atrae gente de toda la región. Los visitantes ven representaciones de las antiguas historias: el muchacho que comió un durazno y huyó para proteger a su familia del oso; el cartero que violó insensatamente la ley y fue expulsado por las autoridades. Ambos debieron encontrar la muerte en tierra lejanas, bajo las garras y los colmillos del oso. Después de las representaciones viene el desfile, en el que los lugareños exhiben orgullosos las armas con que un día darán caza a la bestia sanguinaria.

Por supuesto, nunca falta en esos días un forastero que, después de un par de tragos de grapa, caña o ginebra, se atreve a ofender la tradición local sugiriendo que el oso es un invento. Pero los lugareños están preparados para eso, y enseguida le hacen ver que solamente alguien que no sabe nada de la longevidad del oso, del rencor del oso, de los hábitos de hibernación del oso, del sigilo del oso, del metabolismo del oso y del olfato del oso puede hacer una afirmación tan incauta e ignorante.

—¿Y el duraznero? —suele preguntar a continuación el impertinente, señalando la plaza y el cerco vacío. Y los lugareños, armándose de paciencia, explican una vez más lo que debería ser obvio para todos:
—El duraznero es una metáfora.


Fin

Después de publicarlo, y en respuesta a algunos mensajes, Andrés publicó estas reflexiones, que me parecieron sumamente acertadas.

¡Hasta la próxima!

miércoles, 8 de agosto de 2012

Curiosity y la curiosidad por Marte

Marte, el planeta rojo
El hombre siempre sintió curiosidad por ese extraño y llamativo punto rojo en el cielo. Dos mil años antes de Cristo, los egipcios notaron que Marte no se movía como las estrellas, sino que en ciertos períodos parecía ir hacia atrás. Al igual que ellos, los astrónomos babilónicos, chinos y griegos se dedicaron a estudiar su movimiento. Los griegos llamaron a los astros que se movían de ese modo planetas, o estrellas errantes. El particular color rojo de Marte, siempre asociado con la sangre o el fuego, dio origen a mitos y leyendas en torno a él. Los romanos, por ejemplo, lo identificaron con el dios de la guerra.

En 1894, Percival Lowell, intrigado por los canali -o canales- que creyó ver Giovanni Schiaparelli (quien, además, teorizaba que serían surcos artificiales para transporte de agua), construyó un observatorio con el objetivo casi exclusivo de estudiar Marte con el mayor detalle posible. Los canales nunca fueron encontrados, pero la exploración de Marte recién comenzaba. Los telescopios antiguos fueron reemplazados por otros más modernos, las condiciones de observación fueron optimizadas y hasta se enviaron satélites a fotografiar su superficie. Con cada avance, la fascinación por Marte crecía. El hombre había llegado a la Luna y Marte era la siguiente frontera. Pero enviar humanos a Marte es demasiado caro y, además de riesgoso, innecesario. Basta con enviar un robot.

Curiosity no es el primer objeto construido por el hombre que llega a Marte. En 1971, la NASA envió la sonda Mariner 9, que durante un año tomó fotografías de la superficie del planeta. Uno de sus objetivos era buscar buenos sitios de aterrizaje (y no "amartizaje", aunque suene mejor) . También en 1971 y luego en 1973, como parte de su programa Mars, los soviéticos lograron llevar a Marte a las sondas Mars 3 y Mars 6, con la misión de aterrizar y tomar datos, empresa que ya habían logrado con bastante éxito en Venus. Ambas fallaron misteriosamente, la primera pocos segundos después de haber aterrizado y la segunda unos segundos antes. El Mars 3 llevaba un pequeño mars rover (algo así como un autito a control remoto) que nunca llegó a ser utilizado.

El sistema era el siguiente: cuando la sonda (o vehículo orbital, u orbiter) llega a la posición deseada en la órbita de Marte, se separa el módulo de aterrizaje (o lander), que comienza a caer. Éste se orienta con su escudo de ablación hacia abajo y comienza la entrada en la atmósfera. Luego despliega un gran paracaídas para frenar el descenso y, por último, enciende un juego de retrocohetes para detener aún más la caída y posarse suavemente en la superficie.

Si bien varias misiones lograron llevar módulos orbitales, prefiero centrarme en aquellas que llevaban también módulos de aterrizaje.

En 1976, la NASA envió al planeta rojo la misión Viking, que constaba de dos sondas: la Viking 1 y la Viking 2, enviada 20 días después. La diferencia respecto de las misiones rusas fue que cada vehículo orbital y su vehículo de aterrizaje permanecieron en órbita hasta que los controladores en la Tierra estuvieron seguros de que no hubieran vientos fuertes que pudieran estrellar el módulo de descenso contra alguna pared mientras bajaba con su paracaídas. Además, se tomaron un tiempo para elegir el mejor momento y lugar para aterrizar. Carl Sagan fue uno de los responsables de asesorar a los técnicos de la NASA en este y otros aspectos de la misión. Después de un viaje de un año y un recorrido de cien millones de kilómetros dando un rodeo alrededor del Sol, ambas se posaron con éxito en la superficie marciana, y el 20 de julio de 1976 llegó la primera imagen, mostrando uno de los pies del Viking firmemente posado en suelo marciano:

La primera imagen enviada por la sonda Viking 1
Durante los siguientes 30 años no hubo grandes éxitos, hasta que hacia finales de 1996 la NASA lanzó la misión Pathfinder. Su módulo de aterrizaje -denominado luego "Carl Sagan"- llevaba una cámara estereoscópica, una estación meteorológica completa y un pequeño rover similar a la versión rusa de los años '70. Este vehículo, llamado Sojourner, era un verdadero laboratorio móvil. Con sus seis ruedas, 65 centímetros de largo y un peso de 10,6 kg (que en Marte equivalía a unos 4 kgs), este vehículo se alejaba unos 500 metros del módulo y tomaba fotografías, realizaba análisis químicos, tomaba mediciones y enviaba todos los datos a la Tierra.

Aterrizaje en Marte del Pathfinder, 4 de julio de 1997
El Pathfinder incorporó unos airbags que se inflaban alrededor del lander cuando el vehículo llegaba a los 355 metros del suelo. A los 100 metros de altura se encendían unos retrocohetes que desaceleraban la caída hasta casi detenerla. Cuando faltaban sólo 20 metros para tocar el piso, el lander cortaba el cable, los cohetes se iban volando y la caída era soportada por los airbags.

Pocas semanas antes de que los estadounidenses lanzaran el Pathfinder, los rusos volvieron a intentarlo con la Mars 96 y se volvieron a dar contra la pared, sólo que esta vez no llegaron a salir de la Tierra. La Nozomi japonesa, lanzada en julio del '98 corrió una suerte apenas mejor, ya que llegó a Marte, pero no logró situarse en órbita y se perdió. La NASA también tuvo sus fallos importantes. La Mars Polar Lander fue lanzada a principios de 1999 y debía soltar dos sondas de impacto, llamadas Deep Space 2 A y B, durante su descenso. El objetivo era que, con el golpe, éstas lograsen penetrar en el suelo de Marte hasta aproximadamente un metro de profundidad para estudiarlo. Por desgracia, durante el descenso se perdió el contacto con la nave y se estrelló. Pero lo que ocurrió en 1998 con la Mars Climate Orbiter fue memorable, ya que el error se debió a que los ingenieros de la empresa Lockheed Martin confundieron las unidades del sistema inglés con las del sistema métrico, causando que el orbitador se queme durante el ingreso en la atmósfera marciana. La Agencia Espacial Europea también hizo el intento, lanzando en 2003 el Mars Express, con su módulo de aterrizaje Beagle 2, que también falló en lograr comunicarse con la Tierra.

En 2003 la NASA lanzó su programa Mars Exploration Rover, como una continuación de Viking y Pathfinder. Constaba de dos rovers, el Spirit y el Opportunity. Si bien su misión debía durar unos 90 días marcianos(1), el Spirit dejó de funcionar el 22 de marzo de 2010 y el Opportunity aún funciona. En 2007 fue enviado el Phoenix, que aterrizó con éxito y fue la primera misión en la historia de la NASA en ser liderada por -y desde- una universidad pública.

En noviembre de 2011 fue lanzado el MSL (Mars Science Laboratory), que otra vez llevaba un rover, el Curiosity. En esta página de la National Geographic se pueden ver algunas de sus características. La misión fue, hasta ahora, un éxito. Digo hasta ahora porque, si bien todos festejaron (sí, los espectadores también festejamos) cuando aterrizó correctamente y comenzó a enviar las primeras imágenes, en realidad le quedan aún 23 meses de trabajo en Marte. Hay varias animaciones que muestran cómo fue el proceso de aterrizaje, pero la que más me gustó es la que muestra la alegría de los técnicos a medida que Curiosity iba sorteando cada etapa hasta quedar, al fin, posado sobre suelo firme y comienza a transmitir las primeras imágenes.

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En estos gráficos se ve con más detalle:

Aterrizaje en Marte del Curiosity, 6 de agosto de 2012
Como puede verse, esta vez se incorporó una etapa intermedia: el descenso del rover por medio de un cable. Este rover es muy grande y ocupa casi todo el módulo de aterrizaje, que sólo sirve para depositarlo a salvo, a diferencia del que llevó a Sojourner. Una vez que se desprende el escudo térmico, se acciona el paracaídas, pero sólo de forma temporaria. Cuando el radar detecta que se encuentra a aproximadamente una milla de altura, el "cascarón" (backshell) se separa y el paracaídas se lo lleva lejos, liberando el módulo de descenso. En este módulo se encienden los tetrocohetes y unos cables van bajando el vehículo. Mientras éste desciende se abren sus ruedas, que estaban plegadas hacia adentro, y apenas éstas tocan el suelo se cortan los cables para que, ya sin el peso del Curiosity, los cohetes se lleven lejos el módulo de descenso.

La cápsula atmosférica, llevando el módulo de descenso y el rover en su interior

Los tres rovers que la NASA envió a Marte con éxito: el Spirit (u Opportunity), el Sojourner y el Curiosity (y dos humanos en el medio)

Curiosity se posó sano y salvo en la superficie de Marte. Seguimos explorando las orillas del océano cósmico. A veces pasamos un tiempo alejados de la ella, pero luego volvemos, damos un saltito, y exploramos un poco más, mar adentro. La exploración no debe cesar. Nuestra curiosidad, así lo demanda.

También pueden leer sobre este evento histórico en el blog del CEA.

(1) El día marciano, o Sol, es casi 40 minutos más largo que el de la Tierra: tiene 24 horas, 39 minutos y 35.244 segundos.