sábado, 5 de abril de 2014

Un review de la película Noé, de Darren Aronofsky - Parte 1

Fui a ver la película Noé sin saber bien con qué me iba a encontrar: una aventura histórica, un poema épico sumerio, otra mala película de cine catástrofe o una versión más o menos literal del cuento bíblico. Pero resultó ser otra cosa. Una mezcla de todo eso más algo de ciencia ficción, fantasía, dilemas morales y un gran contenido espiritual (por suerte, no tanto como en La Fuente, película de 2006 del mismo director). Las actuaciones son muy buenas -Crowe, Connelly y Hopkins ya están bastante encasillados, pero no cansan- y la historia entretiene.

No es fácil hacer una crítica a esta película desde un punto de vista escéptico. En primer lugar, porque es una completa fantasía, así que es casi como buscarle la quinta pata al gato criticando El Señor de los Anillos o Harry Potter. En segundo lugar, porque hay que tener en cuenta que no se trata exactamente de la versión bíblica, con la que presenta varias diferencias. Pero vayamos por partes.

La inundación real

Para empezar bien hay que hacer un poco de historia y trasladarnos a la ciudad de Ur, una de las más importantes de la Mesopotamia sumeria. Ésta estaba ubicada cerca del río Éufrates, que tenía un caudal bastante más irregular que su vecino, el Tigris, y cada tantos años causaba alguna inundación importante. Pero una de esas crecidas, ocurrida quizás cerca del 2800 aEC, parece haber sido muy fuera de lo común y haber cubierto la ciudad entera, y otras vecinas, con varios metros de agua. Esta inundación llevó a varios grupos de pobladores a emigrar (las frecuentes invasiones de nómadas poco amistosos seguro ayudaron a decidirlos) pero también tuvo otro efecto, uno que perduraría por milenios: inspirada en esta inundación se escribió una de las partes del poema sumerio de Gilgamesh, la obra épica más antigua de que se tiene registro y, casi con seguridad, la base de la historia bíblica del Diluvio Universal y el Arca de Noé.

Sobre el primer punto, el descubrimiento de evidencias de la gran inundación, Isaac Asimov escribió en su libro El Cercano Oriente:

El Tigris y el Éufrates no nacen en lagos, sino en fuentes montañosas. No hay ninguna represa y las inundaciones pueden ser desastrosas en años de mucha nieve y repentinas oleadas de calor primaverales. (En una fecha tan tardía como 1954 Irak sufrió una catastrófica inundación provocada por el ascenso de los ríos.)

Entre 1929 y 1934, el arqueólogo inglés sir Charles Leonard Woolley excavó el montículo que correspondía a la antigua ciudad de Ur. Allí había estado una antigua desembocadura del Éufrates, a unos dieciséis kilómetros al norte de Eridu. Encontró una capa de limo de tres metros de espesor, sin ningún resto arqueológico.

Llegó a la conclusión de que era un sedimento depositado allí por una gigantesca inundación. Calculó que tal inundación alcanzó una profundidad de unos nueve metros y se extendió por una superficie de 500 kilómetros de largo por 160 de ancho, prácticamente todo el territorio comprendido entre los ríos.

Sobre el segundo punto, veamos cómo fue que esta catástrofe influyó en la Biblia. Una vez desaparecido el reino sumerio -no por la inundación, sino por sucesivas invasiones de otros pueblos-, la ciudad de Babilonia, ubicada más al norte, quedó como la heredera de buena parte de esa cultura y los caldeos, que dominaron la región mucho después, la transformaron en capital de su reino. Después de invadir y arrasar el cercano reino de Judá en el 587 aEC, el rey caldeo Nabucodonosor obligó a las clases dominantes -posibles fuentes de rebeliones futuras- a emigrar. Muchos de esos judíos, al ver que éste no era un rey cruel ni deseaba tratarlos particularmente mal, decidieron instalarse en la gran capital caldea, donde vivieron razonablemente bien durante más de un siglo. Durante ese tiempo de exilio, los judíos se embebieron de la cultura mesopotámica y sus leyendas los cautivaron tanto que las incluyeron, con adaptaciones, en sus textos históricos y religiosos. Tanto la leyenda del Diluvio y el Arca de Noé como la Creación misma y el cuento del Jardín del Edén, así como la importancia dada al Sabbat, son resultado de esta simbiosis.

En próximos posts, seguiremos con la crítica de la película. Les doy unos días para que puedan verla, así no hay spoilers.

martes, 18 de febrero de 2014

El símbolo del pez


Cristo Pescador de Diamante
Tiempo atrás me preguntaba por qué el cristianismo es habitualmente identificado con el símbolo de un pez. Primero recordé haber visto en Diamante, una localidad de la provincia de Entre Ríos ubicada sobre la orilla del río Paraná, una estatua de 12 metros de altura de un “Cristo Pescador”. Claro que según la Biblia Jesús no era pescador, sino carpintero. La única frase bíblica que podría dar lugar a esa interpretación, hasta donde sé, se encuentra en Marcos, donde Jesús dice “Síganme, yo los haré pescadores de hombres.” Pero la misma se refiere a evangelizar gente, no a pescar literalmente (y menos hombres). Seguramente, si Diamente fuera una ciudad de herreros, la estatua mostraría a Jesús martillando sobre un yunque.

En realidad, la respuesta no tiene nada que ver con los peces ni con la pesca, si no con las iniciales de la palabra pez en griego: ichthys (ΙΧΘΥΣ). Si desglosamos el acrónimo, encontramos lo siguiente:

I: la letra griega iota es la inicial del nombre Iesous, que proviene del hebreo Yeshua, traducido al español como Jesús.
Ch: la letra ji es la primera en Christos, palabra griega para decir ungido, traducción a su vez del hebreo mashiah, que en español es mesías. (La traducción del griego directamente al español es cristo. Por lo tanto, cristo y mesías son sinónimos que significan ungido.)
Th: la letra theta es la primera de Theou, palabra griega para decir de dios.
Y: la ípsilon es la primera letra de (h)yios, palabra griega para decir hijo.
S: sigma es la primera letra de sōtēr, palabra griega que significa salvador.

El resultado: “Jesús Cristo, hijo de Dios, salvador”.

En tiempos del Imperio Romano, durante casi todo el período comprendido entre el surgimiento del cristianismo como secta derivada del judaísmo y el momento en que Constantino la impone como la nueva religión oficial del Imperio, los cristianos eran tan perseguidos como los adoradores de cualquier otra religión que no fuera la romana (que hasta entonces era la religión oficial). Todos los dioses de la Historia han sido celosos y Júpiter, Marte y Neptuno no lo eran menos. Y sus ridículos celos, como sucedía entonces y sigue sucediendo hoy, demandaban la sangre de los infieles. Así que judíos, cristianos, mitraicos y demás ofensores eran perseguidos y con frecuencia asesinados si se negaban a adoptar la religión oficial.

Cada religión o secta debió buscar formas de adaptarse a esta situación para poder sobrevivir. Las personas que no querían abandonar sus creencias se veían forzadas a aparentar en público adorar a los dioses romanos, pero se reunían en secreto -y corriendo un gran riesgo- a estudiar su religión y practicar sus rituales propios. Para no ser descubiertos usaban palabras secretas o marcaban los lugares en los que era seguro reunirse con algún símbolo que sólo ellos conocieran. Uno de estos símbolos era el ichthys, el dibujo esquemático de un pez, que indicaba un lugar seguro para los cristianos.

Hoy en día el pez ya no se usa para marcar lugares secretos de reunión, sino que es común verlo en todo tipo de merchandising o pegado en la parte trasera de los automóviles, ya sea como uno más de los símbolos con que los cristianos se identifican a sí mismos, o como uno más de los muchos talismanes que la gente usa porque creen que los van a proteger o traerles buena fortuna.

En la actualidad, además, el símbolo del ichthys representa el bando del Creacionismo en su lucha constante contra la Teoría de la Evolución, representada a su vez por un pez con patas. Así como el original a veces es dibujado llevando el nombre Jesús en su interior, en su opuesto se suele escribir Darwin. El pastafarismo, una religión paródica creada por un movimiento que se opone a la enseñanza del Creacionismo (o teoría del Diseño Inteligente) en las escuelas públicas, también hizo su adaptación al símbolo original del ichthys.
El ichthys según el cristianismo, el darwinismo y el pastafarismo

jueves, 6 de febrero de 2014

Los Dragones del Edén, de Carl Sagan



Hace unas semanas tuve el placer de leer Los Dragones del Edén, de Carl Sagan. No resultó ser uno de mis favoritos de este autor, quizás porque los temas tratados no son los que más me atraen, pero el libro es excelente. Por un lado, como todo lo que escribió Sagan, acerca al lector al mundo de la ciencia (en este caso, principalmente a la biología y la antropología) de una manera amena y fácilmente comprensible, aunque no por ello menos profunda. Por el otro, analiza la evolución de la inteligencia humana desde los primeros homínidos, haciendo especial hincapié en las funciones del neocórtex y describiendo en detalle muchos de los experimentos que llevaron al nivel de conocimiento disponible en la época por la que el libro fue escrito (1977). Este libro le valió a Carl Sagan el premio Pulitzer.

A continuación, reproduzco un extracto de uno de los últimos capítulos del libro, en el que Sagan se refiere al debate en torno del aborto en Estados Unidos (los links, obviamente, son míos):


"Un mejor conocimiento del cerebro puede influir también algún día en cuestiones sociales tan delicadas como son la definición de la muerte y la aceptabilidad del aborto. […]

Ideas similares podrían ayudar a resolver el apasionado debate sobre el aborto surgido en los Estados Unidos mediado el actual decenio, una controversia en extremo vehemente caracterizada por el rechazo rotundo de los puntos de vista de la otra parte. Por un lado están los que sostienen el derecho innato de la mujer al «control de su propio cuerpo», lo cual incluye, según los que defienden esta tesis, el poder provocar la muerte del feto en base a diversos motivos, entre los que destacan la aversión psicológica a engendrar un hijo y la falta de medios para educarlo. En el otro extremo están los que defienden la idea del «derecho a la vida», la aserción de que la muerte de un simple cigoto, de un óvulo fertilizado antes de la primera etapa embrionaria, equivale a un asesinato, por cuanto el cigoto lleva en sí la capacidad de dar vida a un ser humano. Soy perfectamente consciente de que en un tema en el que concurren sentimientos tan apasionados toda solución que se proponga no satisfará a ninguna de las dos partes, y en ocasiones el corazón y la mente nos llevan a diferentes conclusiones. Sin embargo, retomando algunas ideas avanzadas en capítulos anteriores de este libro, quisiera ofrecer aunque sólo fuera una tentativa de compromiso razonable.

Es indiscutible que legalizando el aborto se evita el drama y la carnicería a que conduce muchas veces el aborto clandestino realizado por manos incompetentes, y que en una civilización cuya supervivencia se ve amenazada por el espectro de un crecimiento demográfico sin control alguno, el aborto médico puede redundar en beneficio de la sociedad. Por otro lado, el infanticidio a secas resuelve de golpe ambos problemas y de hecho se ha empleado de manera generalizada en el seno de numerosas comunidades humanas, entre ellas determinados sectores sociales de la antigua Grecia, país que suele considerarse como la cuna de nuestra cultura. En la actualidad sigue practicándose en gran medida; en muchas partes del mundo uno de cada cuatro recién nacidos no vive más allá de un año. Sin embargo, y con arreglo a las leyes que rigen en la sociedad occidental, no cabe la menor duda de que el infanticidio constituye un asesinato. Teniendo en cuenta que un sietemesino, es decir, un niño nacido prematuramente en el séptimo mes del embarazo, no se diferencia en nada fundamental del feto que lleva siete meses en el útero, me parece lógico concluir que el aborto, por lo menos en los últimos tres meses, ronda el asesinato. Las objeciones de que el feto durante el tercer trimestre todavía no respira me parecen un tanto equívocas, y, así, cabría preguntarse si es permisible cometer infanticidio inmediatamente después de que la criatura haya nacido, cuando todavía no se ha cortado el cordón umbilical ni el niño ha aspirado la primera bocanada de aire. En una línea discursiva similar, si yo no estoy psicológicamente preparado para convivir con un extraño, por ejemplo, en un cuartel o en una residencia universitaria, no por ello tengo derecho a darle muerte, y, de la misma manera, la irritación que pueda producirme el destino que se da al dinero que pago en concepto de impuestos no debe llevarme al extremo de exterminar a los recipendiarios de los mismos. Con frecuencia suele entremezclarse en estos debates la cuestión de las libertades civiles. ¿Por qué se me han de imponer las convicciones de otros sobre esta cuestión?, se preguntan algunos. Con todo, aquellos que personalmente no suscriben el concepto convencional de asesinato, se ven constreñidos por la sociedad a someterse a lo dispuesto en el código penal.

En el polo opuesto de la discusión, la frase «derecho a la vida» constituye un ejemplo claro de expresión altisonante concebida para impresionar más que para aclarar las cosas. Ni hoy ni nunca ha existido en ningún país de la Tierra el derecho a la vida (tal vez haya alguna excepción, como los Jainas de la India). Criamos animales domésticos para luego darles muerte, destruimos los bosques, contaminamos ríos y lagos hasta causar la muerte de toda la fauna piscícola, cazamos venados por deporte, leopardos por la piel y ballenas para preparar comida para los perros, atrapamos a los delfines, boqueantes y semiasfixiados, con grandes redes del tipo utilizado para la pesca del atún, y sentenciamos a muerte a los perros cachorros para «equilibrar la población». Todos estos animales y vegetales están tan vivos como nosotros. Lo que muchas sociedades humanas protegen no es la vida, sino la vida del hombre, y aun así desencadenamos guerras con medios «modernos» que causan estragos en la población civil y que suponen un tributo tan escandaloso que muchos de nosotros ni siquiera nos atrevemos a entrar en su consideración. A menudo se intenta justificar este genocidio acudiendo a una redefinición racista o nacionalista de nuestros oponentes que no les reconoce siquiera la condición de hombres.

Debo decir, también, que el argumento acerca de la capacidad del cigoto para dar vida a un ser humano me parece sumamente endeble. En circunstancias propias cualquier óvulo o esperma tiene este mismo potencial. Con todo, ni la masturbación ni las poluciones nocturnas del varón suelen conceptuarse como actos antinaturales merecedores de una condena por asesinato. Una sola eyaculación contiene suficiente número de espermatozoos para generar centenares de millones de seres humanos. Por si esto fuera poco, es posible que en un futuro no muy lejano podamos dar vida a un ser humano a partir de una simple célula tomada prácticamente de cualquier parte del cuerpo del donante. Si ello es así, cualquier célula del organismo debidamente preservada hasta el momento en que la gestación extracorpórea se lleva a la práctica con garantías puede llegar a convertirse en un ser vivo. Por lo demás, ¿cometo un genocidio si me pincho un dedo y vierto una gota de sangre? Como puede observarse, se trata de cuestiones muy complejas. Asimismo, me parece evidente que la solución debe entrañar un compromiso entre un número de valores muy preciados pero antagónicos. La cuestión clave del dilema radica en poder determinar en qué momento el feto puede considerarse un ser humano, dilema que a su vez depende de lo que se entienda por humano. Desde luego, no el hecho de tener una configuración humana, porque una masa de material orgánico que se asemejara a un hombre pero que fuera elaborada con tal fin no podría considerarse propiamente humana. Asimismo, un hipotético ser extraterrestre dotado de inteligencia que no se asemejara a nosotros pero que poseyera unas cualidades éticas, intelectuales y artísticas superiores a las del hombre debería entrar en nuestro cuadro de prohibiciones contra el asesinato. Lo que acredita nuestra condición humana no es lo que parecemos, sino lo que somos. La razón por la que prohibimos dar muerte a otro ser humano debe sustentarse en alguna cualidad peculiar del hombre, cualidad a la que conferimos especial valor y que pocos o ningún otro organismo de la Tierra posee. Es indudable que la humanidad de un ser no viene determinada por el hecho de que sea capaz de sentir dolor o emociones intensas, ya que entonces deberíamos extender este criterio a los animales a los que damos muerte gratuitamente.

Creo que la cualidad humana básica no puede ser otra que nuestra inteligencia. Si lo consideramos así, la inapelable inviolabilidad de la vida humana puede identificarse con la evolución y la presencia del neocórtex. No podemos exigir que se trate de una evolución plena porque ésta no se produce hasta muchos años después del nacimiento, pero tal vez podríamos determinar que el tránsito a la fase humana acaece en el momento en que se inicia la actividad neocortical tal como viene registrada por la electroencefalografía del feto. La observación de algunas funciones biológicas muy simples nos ofrece indicativos del momento en que el cerebro cobra un carácter específicamente humano. Hasta la fecha [1977] se ha investigado muy poco dicha cuestión, y estoy convencido de que los estudios en este terreno desempeñarían un papel determinante en la consecución de un compromiso aceptable que zanjara los debates sobre el aborto. Indudablemente, habría diferencias  de un feto a otro en cuanto al momento de iniciación de las primeras señales electroencefalográficas del neocórtex, y todo intento de formular una definición legal del momento en que comienza la vida propiamente humana debería adoptar una pauta de prudencia, es decir, a favor del feto menos desarrollado capaz de exhibir tal actividad. Tal vez el momento de transición habría que fijarlo hacia el término del primer trimestre o próximo al inicio del segundo trimestre del embarazo. (Estamos hablando aquí de lo que, en una sociedad de seres racionales, debiera estar prohibido por la ley. O sea, que todo aquel que piense que el aborto de un feto menos desarrollado que el propuesto como base constituye un asesinato, no tiene por qué verse obligado a llevar a cabo ni aceptar el aborto en cuestión.)

[…] creo que la clave última de la solución a la controversia sobre el aborto debe dárnosla la investigación de la actividad neocortical del feto."

lunes, 13 de enero de 2014

De rituales, jerarquías y el statu quo

Carl Sagan
 "Por regla general, las sociedades humanas no son innovadoras, sino más bien jerárquicas y ritualistas. Cualquier sugerencia de cambio se acoge con recelo, ya que implica la incómoda transformación futura del ritual y la jerarquía imperantes, es decir, la sustitución de una serie de rituales por otra o, tal vez, por una sociedad menos estructurada y regida por un número inferior de rituales. Sin embargo, llega un momento en que es preciso que las sociedades cambien. «Los dogmas de un pasado tranquilo son insuficientes para un presente tumultuoso», aseveró Abraham Lincoln. Buena parte de las dificultades que surgen al intentar reestructurar las sociedades norteamericanas y de otros pueblos arrancan de la resistencia que oponen los grupos que tienen intereses creados en el statu quo. Es probable que una transformación profunda de la sociedad obligue a los que ocupan el pináculo de la jerarquía a descender muchos peldaños, lo cual les irrita y les mueve a ofrecer resistencia." 
                                                                                         Carl Sagan, Los dragones del Edén

martes, 17 de diciembre de 2013

Una cuestión de honestidad individual

Recientemente tuve la oportunidad de leer un poco más sobre el origen de las principales religiones actuales(*), e inevitablemente me vuelvo a preguntar: ¿por qué en el año 2013, casi 14, tantas personas aún siguen creyendo en las religiones? ¿Por qué siguen creyendo que tienen dragones invisibles en los garages? Obviamente, las respuestas son en realidad muchas y abarcan más aspectos de los que puedo llegar a -y soy capaz de- analizar aquí. Pero, al menos para empezar, quise escribir algo sobre cómo las religiones se transmiten a lo largo de los siglos. Esto es, claro, de padres a hijos y de los clérigos a sus fieles.

Carl Sagan afirmaba que el creyente no basa sus creencias en la evidencia, sino "en una enraizada necesidad de creer" y que, por lo tanto, cualquier debate utilizando la lógica será imposible. Obviamente, como Sagan mismo hizo notar en más de una oportunidad, esto va directamente en contra del progreso, ya que, por ejemplo, tenemos políticos basando sus decisiones en mitos fantásticos en lugar de pedir asesoramiento a científicos competentes (en EEUU, uno de los países más importantes del mundo, autoproclamarse ateo equivale a perder toda oportunidad de acceder a un cargo público).

Daniel Dennett va un poco más allá y en una charla de 2006, reflexiona sobre el origen natural de las religiones y cómo éstas han sido, al pasar los siglos y milenios, "rediseñadas" por el hombre. El origen y evolución de la mayoría de las religiones no encierra en general grandes misterios y es conocido por científicos e historiadores hace ya bastante tiempo -en realidad sí queda, obviamente, muchísimo por estudiar, y es un campo fascinante-, pero aceptar esto parece ser un desafío imposible para muchos creyentes.

No deja de sorprender que a veces el creyente ni siquiera sabe bien en qué cree, es decir, no conoce todos los pormenores de su propia religión, e incluso a muchos de ellos eso no parece importarles. La cuestión es creer en algo, porque esto les hace falta para sentirse completos, para sentir que la vida tiene sentido. (Sería lo esperable que una persona conociera en todo detalle una creencia que en gran medida le va a condicionar varios -si no muchos o todos- aspectos de su vida, pero ese no parece ser siempre el caso.) Pero, si hay detalles que la gente desconoce de la propia religión, su desconocimiento de las demás religiones es, casi como regla general, nulo. ¿Por qué? Eso nos lleva al próximo punto: la forma en que las religiones se transmiten.

Como es sabido -y, salvo pocas excepciones, así ha sido siempre a lo largo de la Historia-, la enorme mayoría de la gente transmite sus creencias a sus hijos, ya sea directamente en el hogar o indirectamente al enviarlos a colegios o instituciones religiosas donde se les impartirá esa creencia particular en forma de clases. Pocas personas creyentes (creyentes de verdad, no sólo de nombre) escapan a esta regla. La crueldad -valga el término, a pesar de que generalmente esto es algo que los padres hacen con todo su amor y en la plena confianza de que es lo mejor para sus hijos, cuando no simplemente por defecto- del caso reside en que la mente de un niño carece de la formación necesaria para analizar críticamente lo que se la está enseñando y lo toma como cierto sin cuestionamientos, por absurdo que sea. Además, las demás religiones no se enseñan. Sólo una, que se imparte como la verdad única, absoluta, incuestionable, inalterable.

Una vez alcanzada la edad adulta, son relativamente pocos los que reniegan de su fe -la de sus padres- por varios motivos. Primero, porque, como dijimos, les fue enseñada a muy temprana edad y ya forma parte de sus vidas. Es casi imposible para los creyentes concebir un mundo en el que su fe sea falsa. Sería un mundo vacío y, aparentemente, carente de sentido o significado. Segundo, porque cuestionar o cuestionarse su fe equivaldría a desafiar las enseñanzas de las personas que uno más ama e idolatra cuando es chico: los padres (y en muchos casos podríamos agregar también a los primeros maestros). Sería, además de desafiarlos, hacerlos quedar como tontos por haber creído ellos mismos algo falso. (Ambas ideas son, por supuesto, equivocadas: por un lado, si no hubiéramos cuestionado nada, seguiríamos en las cavernas temiendo al fuego; por el otro, nuestros padres son humanos y pueden equivocarse o ser engañados. Baste recordar que hasta no hace mucho, desde el punto de vista histórico, los padres transmitían a sus hijos la certeza de que la Tierra era plana y descansaba sobre el lomo de elefantes gigantes. Esto era la verdad, y no podía ser cuestionada. Hasta que lo fue.)

Las religiones -a través de sus clérigos, ansiosos por permanecer en una posición de comodidad y muchas veces de poder-, con el tiempo, han convencido hábilmente a gran parte de la humanidad de que transmitir sus doctrinas de padres a hijos es por el bien de éstos, de que es salvar sus almas inmorales y asegurar su bienestar en una vida posterior que es eterna y por ende mucho más importante que esta, y de que la alternativa es el sufrimiento infinito y también eterno. Además, según suelen afirmar, otorgan un marco de ética y moral al individuo, que no existiría sin la religión. Estas nociones, con diversas formas y características particulares, surgieron en un momento u otro en la mayoría de las religiones. Y son falsas.

Lo primero que debemos hacer como sociedad, si no como individuos, es perder ese miedo a los castigos divinos y dejar de inculcar religiones a los niños. Otra opción podría ser, como propone Dennett, enseñarlas todas, comparando sus historias y sus características. ¿Qué podría tener de malo enseñar en las escuelas todas las religiones y que luego cada uno decida libremente si cree en alguna de ellas o en ninguna? Por un lado, los padres se verían en muchos casos forzados a aceptar que sus hijos pueden decidir su religión por sí mismos y que su decisión puede no gustarles. Por el otro, los sacerdotes deberían empezar a aceptar que no son imprescindibles. Que la gente puede decidir libremente que no los necesita.

Cuestionarnos aquello que creemos -aquello que se nos ha enseñado a creer sin dejarnos libertad de elección- requiere valentía, pero es una cuestión de honestidad para con nosotros mismos.

(*)Sobre el origen y evolución de las principales religiones, actuales y pasadas, y si bien debe haber autores más eruditos, recomiendo para el lector principiante y para todo amante de la Historia la serie de libros de Isaac Asimov llamada Historia Universal Asimov.

martes, 3 de diciembre de 2013

Sacerdotes entrometidos

Si sos creyente, seguramente te resultará difícil de entender que la intromisión de los sacerdotes -generalmente católicos; no sé si alguna otra religión lo hace- en los hospitales sea algo tan indignante para un ateo y porqué este señor polaco tiene todo el derecho de demandar al hospital, así que pongamos un ejemplo:
 
Imaginate que tenés un familiar o amigo internado en estado grave (sí, es un ejemplo feo, así que supongamos que después al final zafa y todos felices) y que los médicos te dan la noticia de que está inconsciente y es muy probable que le quede poco tiempo. Como esa persona es católica o cristiana, salís a buscar a un cura conocido de la familia para que le administre el sacramento de la extremaunción, o sacramento de la unción de los enfermos. Pero resulta que un rato después, cuando volvés, te encontrás con que otra persona entró sin ningún permiso a la habitación del enfermo y, también sin ninguna autorización, realizó el ritual por su propia cuenta. ¿Eso te indignaría? ¿Te escandalizaría? Lo más probable es que un poco, pero no mucho. No es el mejor momento para ponerse a discutir. Es una situación ya de por sí difícil y, al fin y al cabo, un cura es un cura y el rito es el mismo.

Pero ahora imaginate que el religioso que entró sin permiso y le puso las manos encima a tu allegado no es de tu religión, sino de otra que no tiene nada que ver con vos ni con el moribundo. Dijimos que ya de por sí era una situación difícil, pero ahora, ¿mejoró o empeoró? ¿Te sentís contento de ver a alguien que no conocés, vestido con ropas raras, rezando quién sabe a qué dioses, haciendo quién sabe qué pases mágicos en la cara de tu pariente o amigo? ¿Te parece que él estaría contento? ¿Y si fueras vos el que estuviera ahí acostado?

A un creyente que está en las últimas, ver que se le acerca un cura puede resultarle reconfortante y tranquilizador. Le asegura que va a estar todo bien y que diciendo unas palabritas y tocándole la frente con aceite le garantiza que de acá se va derecho a un lugar mejor. 
 
Pero para un no creyente, es una visión desagradable y aterradora, que sólo sirve para recordarle que el final se acerca y las promesas de paraísos y recompensas a cambio de convertirse a su fe sólo le dan bronca. No es el momento de hacer proselitismo. Es un abuso y debería ser penado, no importan las buenas intenciones que en algunos casos seguramente haya. 
 
Un cura que acude cuando se lo llama puede ser un acto de compasión; uno que se entromete sin permiso, que deambula libremente por los hospitales buscando algún moribundo al que cantarle sus cantitos, es directamente una extorsión en el momento de mayor vulnerabilidad de una persona. Es totalmente inmoral y antiético. ¿Lo entendiste ahora?

jueves, 14 de noviembre de 2013

El método científico: ¿un dogma más?

Mario Bunge
¿Es dogmático favorecer la extensión del método científico a todos los campos del pensamiento y de la acción consciente? Planteamos la cuestión en términos de conducta. El dogmático vuelve sempiternamente a sus escrituras, sagradas o profanas, en búsqueda de la verdad; la realidad le quemaría los papeles en los que imagina que está enterrada la verdad: por esto elude el contacto con los hechos. En cambio, para el partidario de la filosofía científica todo es problemático: todo conocimiento fáctico es falible (pero perfectible), y aun las estructuras formales pueden reagruparse de maneras más económicas y racionales; más aún, el propio método de la ciencia será considerado por él como perfectible, como lo muestra la reciente incorporación de conceptos y técnicas estadísticas. Por consiguiente, el partidario del método científico no se apegará obstinadamente al saber, ni siquiera a los medios consagrados para adquirir conocimiento, sino que adoptará una actitud investigadora; se esforzará por aumentar y renovar sus contactos con los hechos y el almacén de las ideas mediante las cuales los hechos pueden entenderse, controlarse y a veces reproducirse.

No se conoce otro remedio eficaz contra la fosilización del dogma —religioso, político, filosófico o científico— que el método científico, porque es el único procedimiento que no pretende dar resultados definitivos. El creyente busca la paz en la aquiescencia; el investigador, en cambio, no encuentra paz fuera de la investigación y la disensión: está en continuo conflicto consigo mismo, puesto que la exigencia de buscar conocimiento verificable implica un continuo inventar, probar y criticar hipótesis. Afirmar y asentir es más fácil que probar y disentir; por esto hay más creyentes que sabios, y por esto, aunque el método científico es opuesto al dogma, ningún científico y ningún filósofo científico debieran tener la plena seguridad de que han evitado todo dogma.

De acuerdo con la filosofía científica, el peso de los enunciados —y por consiguiente su credibilidad y su eventual eficacia práctica— depende de su grado de sustentación y de confirmación. Si, como estimaba Demócrito, una sola demostración vale más que el reino de los persas, puede calcularse el valor del método científico en los tiempos modernos. Quienes lo ignoran íntegramente no pueden llamarse modernos; y quienes lo desdeñan se exponen a no ser veraces ni eficaces.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Revisitando el Museo Bernardino Rivadavia:


Los buenos museos son los que se pueden visitar más de una vez y volver a disfrutarlos como la primera. Y una ventaja de repetir la visita es que a veces se pueden ver cosas que antes uno había pasado por alto. Aquí algunos ejemplos de cosas nuevas que aprendí en mi tercera recorrida por el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia:
 
. Apenas uno ingresa al museo se encuentra justo frente a una larga sala dedicada a la Geología. Dominando la entrada a la misma hay un gran globo terráqueo que debe tener unos dos metros de diámetro, si no más. Tanto los continentes como los fondos oceánicos se representan en relieve y unas flechas y cartelitos indican la posición de las principales fallas y placas tectónicas. En pocos minutos observándolo, pude escuchar a tres personas adultas diciendo a sus acompañantes "Mirá, es el universo."

Malaquita pulida
Entre otras cosas, en el resto de la sala hay maquetas de algunas de las montañas y volcanes más famosos y una gran colección de fragmentos de distintos tipos de minerales. Observando una de las vitrinas, me enteré de que la malaquita de la que está hecho el traje de la tortuga Manuelita es un mineral real: Dihidroxido de carbonato de cobre (II). Su nombre deriva de su color verdoso, semejante a las hojas de la malva, y que a María Elena Walsh se le hizo parecido al de los caparazones de las tortugas.

. En la sala dedicada a los bivalvos hay una vitrina que habla sobre las perlas. Ahí, un cartelito cuenta la historia de la isla de Margarita, que se hizo famosa por la gran cantidad de perlas que ahí se encontraron y que posiblemente a ello deba su nombre. No vi la relación hasta que me explicaron que perla en latín se dice margarita. Ya que estamos, la frase "no des margaritas a los cerdos" en realidad no se refiere a las flores, sino que proviene de la Biblia, Mateo 7:6, y dice algo así como "[...] ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen."

 
. Hacia el final del recorrido nos encontramos con las aves, de todos los tipos, tamaños y orígenes. Allí descubrí que las harpías, unos monstruos de la mitología griega con cuerpo de pájaro y cabeza de mujer, dieron el nombre a dos águilas distintas. El significado literal de harpía es "el que arrebata", ya que estos monstruos se dedicaban a robarle la comida a Fineo, y seguramente estaban inspirados en algún ave de presa -que son aquellas que tienen por hábito encontrar presas desde el aire y arrebatarlas del suelo- real. Las águilas entran dentro de esta categoría y dos de ellas, la harpía (Harpia harpyja) y el águila harpía de Nueva Guinea (Harpyopsis novaeguineae) reciben su nombre de esos seres mitológicos.

Como dice el dicho, todos los días se aprende algo nuevo. Especialmente en los museos.

martes, 5 de noviembre de 2013

Como si no hubiera dicho nada

Hace ya casi tres meses escribía sobre los dichos del Padre Ignacio en relación a la explosión de un edificio en Rosario y la posibilidad -seguridad, según él- de que una de las víctimas finalmente hallada muerta se encontrara con vida y a salvo, lejos del lugar del siniestro. Como era de esperarse, en todo este tiempo no hubo ninguna repercusión en los medios locales, que lo adoran con reverencia y sólo se hacen eco de sus apariciones mediáticas cuando le son favorables.

Ignacio tiene demasiados seguidores y muchos buenos contactos en los medios y en la política, así que es difícil que alguien le vaya a exigir que rinda cuentas cuando sus predicciones fallan (en realidad, que fallen o no no debería importar). Por el contrario, podemos estar seguros de que, de haberse cumplido su predicción, como mínimo lo hubieran hecho inmigrante ilustre otra vez.
 
En otro post reciente hablábamos de la historia de la Tabla Ouija, y recordábamos que las religiones suelen rechazar a los profetas, videntes y sanadores, porque según sus doctrinas esos dones son exclusivos de sus dioses. Sin embargo, algunos charlatanes como Peries, que a pesar de prometer sanaciones mágicas y afirmar tener visiones imposibles fue recibido recientemente por el Papa, parecen ser la excepción. Así que el encuentro entre Ignacio y Jorge Mario me hizo preguntarme, ¿cual es realmente la diferencia entre ellos? Al fin y al cabo, ambos dicen tener amigos invisibles...

lunes, 9 de septiembre de 2013

Invitación al Círculo Escéptico Argentino

El CEA los invita a participar y difundir sus actividades:


Nos tomamos el atrevimiento de comunicarnos con ustedes por este medio para invitarlos a participar del Círculo Escéptico Argentino.

Si están interesados en difundir el pensamiento crítico, el escepticismo y la ciencia, para así combatir la expansión de pseudociencias, el pensamiento mágico y las creencias sin fundamento, es posible que les interese integrarse a nuestro grupo.

El pensamiento crítico y el escepticismo son herramientas fundamentales tanto para conocer y comprender el mundo en que vivimos, como para ayudarnos a distinguir aquello que es cierto de lo que no lo es. Es por esto que creemos que deben estar al alcance de todos para el buen funcionamiento de una sociedad, ya que sin la capacidad o la libertad de pensar críticamente, estaríamos a merced de todo tipo de charlatanes que pretenden vendernos soluciones falsas, curas milagrosas, tratamientos mágicos o que buscan engañarnos o manipularnos para conseguir sus propósitos.

Nuestros objetivos principales son dos: divulgar las herramientas del escepticismo y el pensamiento crítico, y denunciar a quienes se aprovechan del desconocimiento de las personas con mentiras que les hacen tomar decisiones irracionales y potencialmente dañinas.

La principal función del CEA es la de ofrecer un punto de encuentro para quienes aman el pensamiento crítico y las buenas discusiones y creen que nada debe estar exento de duda razonable. Para eso tenemos un foro, organizamos reuniones periódicas en distintas ciudades del país, eventos y charlas de difusión, y promovemos una serie de blogs que publican artículos sobre estos temas. Cualquiera puede unirse y proponer actividades, sugerir temas de debate, pedir material de consulta o compartir opiniones.

Página oficial: http://circuloesceptico.com.ar
Foro de debate: http://circuloesceptico.com.ar/foros/
FanPage en Facebook: https://www.facebook.com/circuloesceptico
 
Les pedimos que, si están interesados en difundir el escepticismo en nuestro país, compartan con sus amigos y en redes sociales esta invitación a participar del grupo. 

¡Muchísimas gracias!

viernes, 6 de septiembre de 2013

Forros contra los forros

Sinskey - Quienquiera que sea usted, sabe perfectamente bien que la OMS se toma la superpoblación muy en serio. Hace poco, hemos gastado millones de dólares en enviar médicos a África para que repartan preservativos de manera gratuita y eduquen a la gente sobre la importancia del control de natalidad.
Zobrist - ¡Ah, sí! -dijo el hombre alto en tono burlón-. Y un ejército todavía más grande de misioneros católicos ha ido detrás para decirles a los africanos que si usan condones irán al infierno. Ahora África tiene un nuevo problema medioambiental: vertederos llenos de condones sin usar.

                                                                                              ...

Sinskey - El Vaticano me odia.
Langdon la miró sorprendido.
Langdon - ¿A usted también? Creía que era el único.
Ella sonrió con tristeza.
Sinskey - La OMS opina que el acceso generalizado a los métodos anticonceptivos es una de las claves de la salud mundial, tanto para combatir enfermedades de transmisión sexual, como el caso del SIDA, como para el control de la población.
Langdon - Y el Vaticano no está de acuerdo.
Sinskey - Así es. Gastan enormes cantidades de energía y dinero en adoctrinar a países del Tercer Mundo sobre las maldades de la contracepción.
Langdon - Claro -dijo Langdon con una sonrisa de complicidad-. ¿Quién mejor que un grupo de octogenarios célibes puede decirle al mundo cómo debe practicar sexo?

Los diálogos fueron tomados de la novela Inferno, de Dan Brown.

domingo, 11 de agosto de 2013

La irresponsabilidad de los charlatanes

El ilustre manochanta de Rosario, el Padre Ignacio, ha perdido toda vergüenza y todo sentido de prudencia y responsabilidad. Es que, como todo charlatán experimentado sabe, descubrió que puede decir lo que quiera, si lo hace alzando los brazos e invocando algún poder "superior" o "divino". Ya no se conforma con "adivinar" enfermedades y prometer sanaciones; ya no tiene suficiente con arriesgar resultados deportivos; ahora también juega con los sentimientos y esperanzas de las personas más desesperadas.

Para quienes no estén al tanto, el martes pasado, en esta ciudad, un edificio prácticamente explotó a causa de un gran escape de gas en su planta baja. Hasta el momento de escribir esta nota, se cuentan oficialmente 15 personas fallecidas, 6 desaparecidas y 10 que siguen internadas (inicialmente fueron más de 60).

Algunos de los sobrevivientes relataron que el escape de gas era tan fuerte que hacía un sonido semejante al de la turbina de avión. A los pocos minutos, explotó todo. El edificio en cuestión constaba de tres torres, una de las cuales -la del medio, de nueve pisos- se derrumbó por completo. Las otras dos corren serio riesgo de derrumbarse y de todas formas deberán ser demolidas a futuro. Los edificios aledaños y cercanos también sufrieron graves daños. Cientos de personas ya no podrán volver a sus casas y muchas de ellas perdieron todo lo que tenían. Que yo sepa, en Rosario nunca había pasado algo parecido.

La demora de la empresa distribuidora en cerrar el paso del gas -dos horas desde la explosión- posiblemente dificultó o retrasó las tareas inmediatas de rescate, ya que las primeras plantas seguían en llamas. Mientras las víctimas eran socorridas, se determinó un área de exclusión sonora, un cordón de unas dos cuadras de radio, dentro de la cual no pueden acceder vehículos. Esto es para facilitar el paso de ambulancias y para que los rescatistas, utilizando sondas y perros entrenados, puedan intentar escuchar sonidos que indiquen si hay personas atrapadas. Esta prohibición fue violada sólo cuando, al día siguiente, la Presidente Cristina Fernández de Kirchner fue al lugar con su comitiva. Incluso quiso caminar sobre los escombros, por lo que las tareas de rescate debieron ser suspendidas, aunque sólo fuera por unos minutos.

El Papa no tardó más que CFK en hacer llegar sus condolencias, en su caso en la forma de una carta enviada al arzobispo de Rosario, monseñor José Luis Mollaghan, quien en seguida la hizo pública durante la misa de San Cayetano. Tanto Mollaghan como el rabino Daniel Dolinski se acercaron, sin séquito ni alharaca, hay que decirlo, a ofrecer a los damnificados su ayuda y la de las instituciones a las que representan.

A través de los medios, buena parte del país sigue minuto a minuto lo que pasa en Rosario, donde la solidaridad abundó. Todas las expectativas fueron largamente superadas a la hora de solicitar dadores de sangre para los heridos, comida y abrigo para los rescatistas y ayuda para quienes ya no tienen casa y para los que siguen esperando la aparición de algún ser querido.

Pero, volviendo al tema, el Padre Ignacio fue otro cantar. Casi desde el primer momento se dijo que existe la posibilidad de que algunas de las personas que siguen desaparecidas hayan logrado salir del edificio luego de la explosión, ya sea por sus propios medios o con ayuda, y que no hayan sido ingresadas en ningún hospital, sino que se encuentren en algún lugar en estado de shock. Una de estas personas aún desaparecidas es Santiago Laguía, a quien, aparentemente, uno de los rescatistas habría sacado vivo del lugar. Su familia y amigos lo buscan desesperadamente por todas partes. Hay carteles con su imagen por toda la zona y su cara está en todas las redes sociales.

El jueves, parte de su familia fue a rezar a la iglesia Natividad del Señor, esperando poder hablar con el padre Ignacio. Su madre cuenta que éste los reconoció (muy posiblemente gracias a una ayudante que ya los conocía de Pergamino, su ciudad de origen) y los hizo acercarse. Sin la menor prudencia, Peries les dijo que Santiago "está con vida, que él puede sentir los latidos de su corazón, que puede estar shockeado o mareado" y les indicó que lo busquen específicamente en "las zonas verdes de la ciudad". Desde entonces, familia y amigos lo buscan en las plazas y parques.

Lo que hizo el Padre Ignacio sólo tiene un nombre: dar falsas esperanzas. Ojalá que Santiago esté con vida, pero eso no hay forma de que Peries lo sepa. Quienes dijeron que podría haber personas en estado de shock fueron los profesionales, no un charlatán que pretende convencernos de que tiene algún tipo de poderes telepáticos. Él tomó esa posibilidad y jugó sus cartas; hizo su apuesta. Si Santiago aparece con vida (y ojalá así sea), toda la ciudad lo idolatrará. Sus palabras serán más recordadas que la carta del Papa o la ayuda desinteresada prestada por tantas personas e instituciones. Será el "Padre Milagroso". Si su predicción falla, seremos pocos quienes lo recordaremos. Porque, como todo charlatán sabe, la gente se olvida rápidamente de las predicciones fallidas. En cuanto a los medios locales, que lo adoran, podemos estar seguros de que no se ocuparán del tema con la objetividad que merece.

No conforme todavía, Peries fue esa noche a la zona del accidente, se subió a un edificio cercano a los escombros acompañado de algunos bomberos y desde lo alto arrojó medallitas de su iglesia. Acá cabe destacar lo irresponsable de permitirle el ingreso a la zona y, más aún, subir a un edificio que podía estar en peligro de derrumbarse, además de la falta de consideración: una cosa es rezar en su iglesia y otra es interrumpir el trabajo de rescate para tirar sus medallitas sobre escombros y rescatistas. ¿Alguien le dio permiso? ¿Alguien fue consultado sobre la conveniencia de hacer algo así?
Algún día, los ciudadanos dejarán de admirar a estos farsantes y los verán como lo que realmente son: timadores de la peor calaña, que se abusan de la necesidad y la desesperación de las personas. Ésa es mi predicción (y mi deseo).


Actualización (12/08/2013, 21:45):
Hace apenas un par de horas fueron encontradas las últimas dos personas que faltaban, lamentablemente sin vida. Una de ellas es Santiago Laguía.