lunes, 13 de mayo de 2013

Dos superhéroes y dos pseudomedicinas

¿Era mucho pedir que dos de mis superhéroes favoritos no cayeran en manos de las pseudociencias? Parece que sí. Y es que todo personaje ficticio obviamente debe su intelecto al escritor que le da vida: en la literatura universal, Maigret, Poirot, Dupin y Holmes, tenían a Georges Simenon, Agatha Christie, Edgar Allan Poe y Arthur C. Doyle; en el mundo de los cómics, Batman y Ironman tenían a Bob Kane y Stan Lee. Al morir o ser reemplazados los creadores originales, es común que Hollywood recurra a guionistas generalmente menos conocedores de ciencia para que tomen su lugar y sí, a veces buscan hacer más vistosos a sus personajes haciéndolos usar pócimas o pseudomedicinas para, a último momento y de forma milagrosa (sí, sería un milagro que funcionen), curarse de sus heridas y salvar el día.

Batman y el jugo de clorofila

Bruce Wayne y su desayuno verde
En Batman Inicia, vemos a Bruce Wayne, considerado por los fans como el mejor detective del mundo, tomándose de un solo trago un gran vaso de un extraño jugo verde que le trajo Alfred. A menos que sea jugo de acelga, todo parece indicar que se trata de jugo de pasto, ese supuesto elixir oxigenante que se comercializa como suplemento dietario o terapia contra varias enfermedades. Quienes lo promocionan incluso dicen que previene el cáncer. Parece que Bruce cree que tomarse eso antes de sus  ejercicios físicos matinales lo ayudará a sacar más músculos o reponerse más rápido de los golpes de la noche anterior.

Pero resulta que el "wheatgrass" no es más que otro timo. Se lo promociona como un producto natural a base de clorofila, que concentra la energía del Sol y ayuda a generar glóbulos rojos por ser casi idéntica a la hemoglobina. Entre sus propiedades, se dice que oxigena el organismo, rejuvenece los tejidos, limpia el cuerpo de sustancias tóxicas, etc. La realidad es que nada de esto es cierto. Este jugo de brotes de trigo, rico en clorofila, sólo es un jugo bastante feo que a lo sumo puede ayudarte a ir al baño. Bueno, a lo mejor Bruce estaba un poco estreñido.

Una de las empresas que comercializa el jugo de pasto

Ironman y la acupuntura
Tony Stark también toma pasto
Otra de las grandes mentes científicas en la lucha contra el mal es la de Tony Stark, alias Ironman. Sin embargo, el hombre del traje de hierro no sólo aparece en su primera película tomando un jugo verde muy parecido al del encapotado, sino que hacia el final de la tercera lo vemos en una sala de operaciones con múltiples agujas largas clavadas en su torso. Esto llama la atención porque la acupuntura carece del soporte científico que Stark apreciaría. Basada en la supuesta existencia de una especie de energía vital, llamada (chí) en la tradición china, esta técnica afirma ser capaz de aliviar dolores y curar enfermedades y padecimientos de lo más variados con sólo clavar agujas en sitios específicos del cuerpo. Esto, dicen sus practicantes, restaura o da un balance a esta energía misteriosa que nadie ha logrado identificar ni mucho menos cuantificar. Al menos, Tony no tenía puesto su “traje” cuando le clavaban las agujas.
Ironman y las agujas
Ninguno de estos detalles me impidió disfrutar como un niño ambas trilogías, pero sería bueno que el cine se cuidara un poco más de dar publicidad a estas falsas terapias.

sábado, 27 de abril de 2013

La mala educación

Como todos los años, el Círculo Escéptico Argentino está organizando un "suicidio" homeopático con el objetivo de informar sobre la estafa que es la homeopatía. Estos eventos, que se realizarán en Capital Federal y en la ciudad de Córdoba, fueron publicitados en Facebook, donde recibimos comentarios que se dividen claramente en aquellos de apoyo (y también algunas consultas) y aquellos de absoluto repudio e incluso insultos. Entre los últimos es común que las personas aseguren que a ellos les funcionó, por lo que nosotros estamos cometiendo un error y haciendo un daño al hablar mal de estas falsas terapias. Pero llama la atención este, que cae en todos los clichés posibles (como siempre, no corrijo los errores gramaticales ni ortográficos en comentarios ajenos):
"Por que no se van bien a la concha de su madre putos culiados malparidos. haganse vacunar putos imbeciles servilistas de las multinacionales judio masonico cionistas satanicos"
El mismo poeta de los muros después sigue:
"lOS QUIERO VER CUANDO ESTEN POR IRSE DE ESTE MUNDO SERES DEL DEMONIO, HABER SI SE HACEN QUIMIOTERAPIA EN CASO DE TENER CANCER PELOOOOOOOOOOOOTUDOS"
Obviamente, tantos insultos indican que no tiene intenciones de discutir ni argumentar nada, sólo agredir, pero igualmente me da pie para varias reflexiones. 
Al mandarnos a que nos vacunemos supongo que quiere decir que para él las vacunas son malas, otra vieja teoría conspiranoica sin sentido. (Claro que también puede ser otra guarangada, pero bueno...)

Después nos tilda de todo aquello que seguramente no conoce, para él representa todo lo malo y tiene claramente la culpa de todos los problemas del mundo: los judíos (sionistas para él debe ser lo mismo, y para mucha gente lo es), los masones y los satanistas (más abajo nos llama seres del demonio, así que voy a suponer que es católico o evangelista). Claro, no podían faltar las siempre malvadas empresas multinacionales, de las que asegura que somos empleados o algo así. No vaya a ser que se nos ocurra pensar por nosotros mismos.

Finalmente, recurre al viejísimo y trilladísimo "no hay ateos en las trincheras" con lo de desafiarnos a ver si usamos quimio en caso de enfermar de cáncer. Para él no nos animaríamos, y optaríamos por la indolora (e inocua) homeopatía. Porque si es medicina, seguro es un invento de los malvados laboratorios que sólo buscan enfermar a la población para enriquecerse, ¡mbuajajajaja!
Miembros del CEA en el "suicidio" del año pasado.
Así que ya sabés, si estás a favor de vacunarte e inmunizarte a vos y a tus hijos, seguramente sos judío, masón o satanista. Si no, es que trabajás para alguna corporación que intenta dominar al mundo. Ah, y si te enfermás y recurrís a la medicina en vez de a las pseudociencias, es que sos un valiente o un masoquista, y seguro no te vas a curar.
Es este tremendo nivel de ignorancia, además de tanta violencia verbal y una negación total a intentar pensar con lógica o siquiera a debatir algo con tranquilidad lo que debería convencernos cada día más de la importancia de difundir el pensamiento científico y la importancia de la educación en cualquier sociedad. Sin educación, sólo queda la barbarie.

"La ciencia [...] plantea hipótesis de modo que puedan refutarse. Se confronta una sucesión de hipótesis alternativas mediante experimentación y observación. [...] La pseudociencia es justo lo contrario. Las hipótesis suelen formularse precisamente de modo que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que en principio no pueden ser invalidadas. Los practicantes se muestran cautos y a la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando la hipótesis de los pseudocientíficos no consigue cuajar entre los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla."
Carl Sagan, "El mundo y sus demonios"

martes, 16 de abril de 2013

Espartaco, de Howard Fast

Recientemente vi el final de la serie televisiva Spartacus, de Starz Media. La serie no fue gran cosa, demasiada violencia y poco argumento, y un abuso de escenas en cámara lenta. La empecé a ver porque el libro de Howard Fast me pareció apasionante y porque, por lo que se veía en los avances, creí que la serie incorporaría a esa historia las peleas de Gladiador y los efectos visuales de 300. No fue tan así. 

Afiche de la primera temporada de la serie
A pocos minutos de comenzar a ver su primer episodio en 2010 (fueron un total de 4 temporadas), me di cuenta de que para poder verla y disfrutarla iba a tener que autoconvencerme de que la historia de esta serie no tenía casi nada que ver con aquella novela ni con el film épico de 1960 dirigido por Stanley Kubrick. Y dudo mucho que tuviera alguna semejanza con la historia de los personajes reales en los que están inspiradas.

Como leí en un blog hace poco, “es una serie que se trata de peleas. Y gente desnuda. Y gente desnuda peleando.” La sangre mana exageradamente en borbotones o directamente en chorros hasta de las heridas más superficiales. Pero tampoco hay muchas de esas, ya que en general los gladiadores se matan entre ellos –o a los romanos- de las formas más truculentas que los escritores pudieron imaginar. 

Pero lo primero que sorprende al espectador, antes de que empiecen las peleas, es el lenguaje. Obviamente está hablada en inglés (sólo a Mel Gibson se le ocurre hacer que los actores hablen –intenten hablar- en lenguas muertas), pero es un inglés que simula ser latín y esto resulta bastante chocante.

Las palabras que corresponden a terminología específica, como los nombres de las armas y los distintos tipos de gladiadores, así como los de las profesiones y los cargos políticos y militares, son pronunciadas en latín. Entonces, por ejemplo, el amo o señor es el “dominus” y el maestro o entrenador es el “doctore”. Todo lo demás, los diálogos, son hablados en inglés. Pero es un inglés que no usa pronombres, ya que el latín no los tenía. Así que en lugar de decir “¡Hablá!” dicen “¡Dale voz a lengua!”. En vez de decir “Agarrá la espada” dicen “Poné espada en mano”. 

También hay otras expresiones que suenan bastante raras, aunque se entienden. No existe el “Gracias” o “Te agradezco”. En su lugar, simplemente dicen “Gratitud”. Esto es porque en el latín clásico las emociones no se sienten, sino que se manifiestan. La expresión “Me alegro por vos” o “Siento alegría por vos” sería imposible, no tendría sentido; su forma correcta sería algo así como “Alegría por vos”.

La novela de H. Fast
¿Sirvió para algo tomarse este trabajo y complicar así los diálogos? ¿Le dio más realismo a la serie que si los actores hubieran hablado en inglés como es habitual en cine y tv? Para mí no, no le aportó nada, y casi puedo imaginarme lo difícil que debe haber sido filmar entre las carcajadas de los actores al escucharse hablando así.

Aprovecho para recomendar ampliamente el libro, uno de mis favoritos del género. Ubicado alrededor del año 70 AEC, es una novelización de la Tercera Guerra Servil, la última de las rebeliones de esclavos de esa época contra la República romana y la única que, a pesar de haber fracasado, llegó a asustar a Roma. Es una de las más realistas descripciones de la depravación a la que puede caer el ser humano cuando acumula demasiado poder -especialmente poder sobre otros humanos- a la vez que un verdadero canto a la lucha por la libertad y la igualdad.

jueves, 4 de abril de 2013

La religión del amor


El Jeque salafita Yasir al-Ajlawni, un clérigo musulmán oriundo de Jordania, envió un mensaje vía YouTube declarando que está bien que los rebeldes sirios que luchan para expulsar al Presidente Bashar Assad violen a las mujeres capturadas, siempre y cuando éstas no sean sunitas. “Es una legítima fatua” para los musulmanes que se encuentran peleando contra el señor Assad y tratando de instaurar un Gobierno de la Sharia, “capturar y tener sexo con” las mujeres alauitas y otras no sunitas o no musulmanas. Como se puede deducir, Assad pertenece a la secta alauita y al-Ajlawni a la sunita.

En el video, el clérigo llamó a las mujeres no musulmanas por su expresión árabe, “melk al-yamin”, que se encuentra en el Corán y se refiere a las esclavas sexuales no musulmanas.

Claro que esta no es la primera vez que un religioso musulmán llama a violar mujeres. Hace pocos meses, Muhammad al-Arifi lanzó una fatua otorgándoles a los yihadistas el derecho a tener lo que él llamó “un matrimonio de relaciones sexuales” con las mujeres sirias capturadas y a que ese acto lleve el tiempo suficiente “para darle a cada soldado su turno”. Estas declaraciones fueron luego desmentidas en su cuenta de Facebook, pero dado que provienen del mismo religioso que dedicó varios minutos en una entrevista televisiva a explicar la forma "correcta" en que los hombres deben golpear a las mujeres, a uno le queda la duda.


Sí, el islam es la religión del amor.

lunes, 1 de abril de 2013

¿Que las personas sean religiosas te hace sentir más seguro?

"Yo tenía que imaginarme que estaba en una ciudad extraña y que caía la noche. Tenía que imaginarme que veía aproximarse hacia mí a un numeroso grupo de hombres. Ahora, ¿me sentiría más seguro o menos seguro si supiera que acababan de salir de un rezo grupal? [...] «Sin salirme de la letra "B", diré que he tenido realmente esa experiencia en Belfast, Beirut, Bombay, Belgrado, Belén y Bagdad. En cada uno de estos casos puedo decir absolutamente, y dar mis razones para ello, que me sentiría inmediatamente amenazado si pensara que el grupo de hombres viniendo hacia mí al anochecer venía de cumplir con un rito religioso.»"
Christopher Hitchens, "God is not great", 2007

Esta cita me vino en seguida a la mente cuando leí la noticia de la agresión sufrida por una pareja gay en San Isidro, Provincia de Buenos Aires. Sus atacantes les dijeron que estaban en una "casa católica", que la homosexualidad "es un pecado", y que son "una vergüenza para la Argentina", tras lo cual los golpearon al grito de "El Papa es argentino, no pueden haber putos argentinos". La mezcla de nacionalismo y religión siempre tiene como resultado a la violencia. Creer lo contrario es una ilusión.

viernes, 22 de marzo de 2013

Las mentiras de los chemtrails

Hace unos meses hablamos de lo que son en realidad los chemtrails o, mejor dicho, contrails. Resulta que los conspiranoicos hacen lo imposible para que nos creamos sus mentiras. Dos ejemplos, nada más. 

El primero, una foto vulgarmente alterada. En la original, vemos un desfile de pilotos de aeronaves protestando frente a Wall Street por la fusión de dos empresas aéreas. Cada piloto lleva un cartel con leyendas como "¿Cuánto vale un piloto?" o "La gerencia está destruyendo nuestra aerolínea". En la foto modificada, cada cartel tiene sobreimpresa una foto de estelas de condensación, para que parezca que se trata de una protesta contra los chemtrails. Burdo.
La imagen original y la retocada


El segundo, un sitio donde se asegura que una empresa que "nos fumiga" lo admite en su web. Muestran un avión con unos extraños tubos rojos en su barriga (no muy disimulados que digamos) y el zoom se va centrando en ellos como mostrando el gran descubrimiento de un fotógrafo arriesgado. Se trata ni más ni menos que de un avión Boeing 747 modificado para apagar incendios. Esos tubos son simplemente la descarga del agua. En las fotos donde parece estar "fumigando" en realidad está dejando salir el agua sobre algún fuego o como demostración. 

En ese sitio también mencionan que la empresa admite que el avión puede ser usado para modificar el clima, cosa que o no entienden y les suena a algo terrible o saben lo que es pero se juegan a que los lectores no y se asusten. A lo que se refiere el término weather modification es principalmente al "sembrado de nubes", que consiste en liberar a una altura determinada sustancias como hielo seco o ioduro de plata. Estas partículas sirven de núcleo de condensación para inducir la formación de nubes y causar precipitaciones o disminuir las probabilidades de caída de granizo u ocurrencia de nieblas. Esto es útil, por ejemplo, cerca de los aeropuertos. En esta página de aeronáutica se puede ver un video del Supertanker en acción.
Boeing 747 modificado para apagar incendios

En fin. Eso es lo que hacen los conspiranoicos. Mentir para intentar hacernos sentir miedo ante amenazas inexistentes.

jueves, 21 de marzo de 2013

Manifiesto ateo, de Sam Harris

En 2005, el filósofo, escritor y neurocientífico Sam Harris escribió su Manifiesto Ateo, donde enumera y explica algunas de sus razones para ser ateo y porqué para él el ateísmo es una cuestión de honestidad, tanto moral como intelectual. El texto no dice nada realmente nuevo y coincido en casi todo, aunque le agregaría unos cuantos daños más que le hicieron y le hacen actualmente las religiones a la humanidad, pero el artículo ya es bastante largo tal como está.

Si no conocías al autor, acá hay una pequeña biografía suya. La traducción la encontré en internet, pero le hice muchas correcciones propias.


Sam Harris - Manifiesto Ateo

En algún lugar del mundo un hombre ha secuestrado a una niña. Pronto va a violarla, torturarla y matarla. Si una atrocidad de este tipo no está ocurriendo en este preciso momento, sucederá en unas pocas horas o, como máximo, en unos días. Tal confianza la obtenemos de las leyes estadísticas que gobiernan las vidas de 6 mil millones de seres humanos. Esas mismas estadísticas también sugieren que en este preciso momento los padres de esa niña creen que un dios amoroso y todopoderoso está cuidando de ellos y su familia. ¿Tienen razón en creer esto? ¿Es bueno que lo hagan?

No.

Todo lo que es el ateísmo está contenido en esta respuesta. El ateísmo no es una filosofía. Ni siquiera es una visión del mundo. Es simplemente un rechazo a negar lo obvio. Desafortunadamente, vivimos en un mundo en el cual lo obvio es pasado por alto como una cuestión de principios. Lo obvio debe ser observado y reobservado y defendido. Es una tarea ingrata. Conlleva un aura de petulancia e insensibilidad. Es, además, una tarea que el ateo no desea.

Vale la pena hacer notar que nadie necesita identificarse a sí mismo como no-astrólogo o no-alquimista. Por lo tanto, no tenemos palabras para designar a la gente que niega la validez de esas pseudodisciplinas. En el mismo sentido, ateísmo es un término que no debería existir. El ateísmo no es más que la llamada de atención que hace la gente racional al encontrarse con el dogma religioso. El ateo es simplemente una persona que cree que los 260 millones de estadounidenses (el 87% de la población de los EEUU) que afirman no dudar jamás de la existencia de Dios, deberían ser obligados a presentar pruebas de su existencia y, de hecho, de su benevolencia, dada la implacable destrucción de seres humanos inocentes de la que somos testigos a diario. Sólo el ateo aprecia cuán sorprendente es nuestra situación: la mayor parte de nosotros cree en un Dios es tan especioso como los dioses del Olimpo; ninguna persona, sin importar sus cualificaciones, puede postularse a un cargo público en los Estados Unidos sin fingir tener la certeza de que tal dios existe; y mucho de lo que pasa por política pública en este país se ajusta a supersticiones y tabúes religiosos propios de una teocracia medieval. Nuestra realidad es abyecta, indefendible y horrorosa. Sería gracioso, si no hubiera tanto en juego.

Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas y malas, acaban destruidas por el cambio. Padres pierden a sus hijos e hijos a sus padres. Maridos y esposas se separan en un instante para no volverse a ver. Amigos se despiden con prisa, sin saber que será por última vez. Esta vida, analizada con una mirada amplia, presenta poco más que un vasto espectáculo de pérdida. La mayoría de las personas en el mundo, sin embargo, imaginan que hay una cura para esto. Si vivimos correctamente –no necesariamente éticamente, sino dentro de los parámetros de ciertas creencias antiguas y conductas esterotipadas– obtendremos todo lo que deseamos después de que hayamos muerto. Cuando finalmente nuestros cuerpos nos fallen, simplemente nos deshacemos de nuestro lastre corpóreo y viajamos a una tierra en la que nos reunimos con todos los que amamos cuando estábamos vivos. Por supuesto, la gente demasiado racional y demás chusma quedarán excluidos de este sitio feliz, mientras que aquellos que suspendieron su incredulidad mientras vivían podrán disfrutar por toda la eternidad.

Vivimos en un mundo de sorpresas inimaginables –desde la energía de fusión que enciende el Sol a las consecuencias genéticas y evolutivas de estas luces bailando por eones sobre la Tierra– pero el Paraíso sigue conformando nuestros intereses más superficiales con la fidelidad de un crucero por el Caribe. Esto es maravillosamente extraño. Un desprevenido podría pensar que el hombre, en su miedo a perder todo lo que ama, ha creado el Cielo, junto con su dios guardián, a su propia imagen.

Considérese la destrucción que el huracán Katrina dejó en Nueva Orleans. Más de mil personas murieron, decenas de miles perdieron todas sus posesiones terrenas y cerca de un millón fueron desplazadas. Podemos afirmar que al momento de la llegada de Katrina casi todos los habitantes de Nueva Orleans creían en un dios omnipotente, omnisciente y compasivo. Pero, ¿qué estaba haciendo Dios mientras un huracán devastaba su ciudad? Seguro que oyó las plegarias de los hombres y mujeres mayores que escaparon de la inundación hacia la seguridad de sus áticos, sólo para ahogarse lentamente allí. Estas eran personas de fe. Estos eran hombres y mujeres buenos que habían rezado a lo largo de su vida. Sólo el ateo tiene el coraje de admitir lo obvio: esa pobre gente murió hablándole a un amigo imaginario.

Claro, había habido suficientes advertencias de que una tormenta de proporciones bíblicas golpearía Nueva Orleans y la respuesta humana ante el desastre resultante fue trágicamente ineficaz. Pero fue ineficaz sólo a la luz de la ciencia. La advertencia temprana del recorrido de Katrina fue arrebatada a la muda naturaleza mediante cálculos meteorológicos e imágenes satelitales. Dios no le dijo a nadie sobre sus planes. Si los residentes de Nueva Orleans se hubieran contentado con confiar en la benevolencia del Señor, no hubieran sabido que un huracán asesino se dirigía hacia ellos hasta que sintieran las primeras ráfagas de viento sobre sus rostros. A pesar de todo, una encuesta realizada por el Washington Post reveló que un 80% de los sobrevivientes de Katrina aseguran que el evento sólo ha reforzado su fe en Dios.

Mientras el huracán Katrina devoraba Nueva Orleans, cerca de mil peregrinos chiítas eran pisoteados hasta la muerte en un puente en Iraq. No caben dudas de que esos peregrinos creían poderosamente en el dios del Corán: sus vidas estaban organizadas alrededor del hecho indiscutible de su existencia; sus mujeres caminaban ante él con el rostro cubierto; sus hombres se mataban regularmente unos a otros a causa de distintas interpretaciones de su palabra. Sería sorprendente si uno solo de los sobrevivientes de esta tragedia hubiera perdido su fe. Lo más probable es que imaginen que han sido salvados por la gracia de Dios.

Sólo el ateo reconoce el ilimitado narcisismo y autoengaño de los que se salvaron. Sólo el ateo se da cuenta de cuán moralmente cuestionable es que los sobrevivientes de una catástrofe se crean salvados por un dios amoroso mientras que ese mismo dios ahogaba a niños en sus cunas. Debido a que se niega a esconder la realidad del sufrimiento del mundo con una empalagosa fantasía de vida eterna, el ateo siente hasta los huesos cuán preciosa es la vida –y, de hecho, cuán desafortunado es que la felicidad de millones de seres humanos sea horrorosamente limitada sin ninguna razón en absoluto.

Uno se pregunta cuán vasta y gratuita tendría que ser una castástrofe para llegar a sacudir la fe del mundo. El Holocausto no lo consiguió. Tampoco lo logró el genocidio en Ruanda, incluso con sacerdotes armados con machetes entre sus perpetradores. Quinientos millones de personas murieron de viruela durante el siglo XX, muchos de ellos niños. Los caminos de Dios son, sin duda, inescrutables. Pareciera que cualquier hecho, no importa cuán desafortunado, puede ser compatibilizado con la fe religiosa. En materia de fe, hemos decidido no tener los pies en la Tierra.

Por supuesto, las personas de fe se viven asegurando entre ellas que Dios no es responsable del sufrimiento humano. Pero, ¿de qué otra forma podemos entender que al mismo tiempo se afirme que Dios omnisciente y omnipotente? No hay otro modo, y es tiempo de que los seres humanos cuerdos lo asuman. Es el viejo problema de la teodicea, claro, y deberíamos considerarlo resuelto. Si Dios existe, o bien no puede hacer nada por detener las más tremendas calamidades o no le interesa hacerlo. Dios, por consiguiente, o es impotente o es malvado. Los lectores píos ejecutarán ahora la siguiente pirueta: Dios no puede ser juzgado con los simples estándares humanos de moralidad. Pero, claro, son precisamente los simples estándares humanos de moralidad los que usan los fieles para establecer la bondad de Dios en primer lugar. Y cualquier dios que se preocupe por algo tan trivial como el matrimonio gay o el nombre por el que se lo llama en una plegaria, no es tan inescrutable después de todo. Si existe, el Dios de Abraham no sólo es indigno de la inmensidad de la Creación; es indigno incluso del hombre.

Hay otra posibilidad, por supuesto, y es tanto la más razonable como la menos odiosa: el dios bíblico es una ficción. Como Richard Dawkins ha observado, todos somos ateos con respecto a Zeus y a Thor. Sólo el ateo ha concluido que el dios bíblico no es diferente. Consecuentemente, sólo el ateo es lo suficientemente compasivo como para tomarse en serio la profundidad del sufrimiento del mundo. Es terrible que todos morimos y perdemos todo lo que amamos. Es doblemente terrible que tantos seres humanos sufren innecesariamente mientras viven. Que buena parte de ese sufrimiento puede ser directamente atribuido a la religión –a los odios religiosos, guerras religiosas, delirios religiosos y desviaciones religiosas de recursos escasos– es lo que convierte al ateísmo en una necesidad moral e intelectual. Es una necesidad, sin embargo, que desplaza al ateo hacia los márgenes de la sociedad. El ateo, solamente por estar en contacto con la realidad, parece vergonzosamente fuera de contacto con la vida de fantasía de sus vecinos.

La naturaleza de la creencia

Según varias encuestas recientes, el 22% de los estadounidenses está convencido de que Jesús regresará a la Tierra en algún momento dentro de los próximos 50 años. Otro 22% cree que es probable que lo haga. Seguramente este es el mismo 44% que va a la iglesia una vez por semana o más, que cree que Dios literalmente prometió la tierra de Israel a los judíos y que quiere dejar de enseñar a nuestros hijos el hecho biológico de la evolución. Como bien sabe el Presidente Bush, este tipo de creyentes constituye el segmento más cohesionado y motivado del electorado estadounidense. En consecuencia, sus opiniones y prejuicios influyen en casi todas las decisiones de importancia nacional. Los políticos liberales parecen haber extraído la lección equivocada de estos resultados y ahora están recorriendo las Escrituras, preguntándose cual sería la mejor forma de congraciarse con las legiones de hombres y mujeres de Estados Unidos que votan en gran parte en base al dogma religioso. Más del 50% de los estadounidenses tiene una opinión "negativa" o "altamente negativa" de la gente que no cree en Dios y el 70% piensa que es importante que los candidatos presidenciales sean "firmemente religiosos". La insensatez se encuentra en ascenso en los Estados Unidos –en nuestras escuelas, en nuestros tribunales y en cada rama del gobierno federal. Sólo el 28% de los estadounidenses cree en la evolución y el 68% cree en Satán. Tal grado de ignorancia, concentrada tanto en la cabeza como en el vientre de una superpotencia gigante, representa hoy un problema para el mundo entero.

Aunque para las personas inteligentes sea fácil criticar el fundamentalismo religioso, la a veces llamada "moderación religiosa" todavía goza de considerable prestigio en nuestra sociedad, incluso en la torre de marfil. Esto es irónico, ya que los fundamentalistas tienden a hacer un uso más principista de sus cerebros que los moderados. Aunque los fundamentalistas justifiquen sus creencias religiosas con pruebas y argumentos extraordinariamente pobres, al menos hacen un intento de justificación racional. Los moderados, en cambio, por lo general no hacen más que citar las consecuencias beneficiosas de la creencia religiosa. En lugar de decir que creen en Dios porque ciertas profecías bíblicas se han cumplido, ellos dirán que ellos creen en Dios porque esta creencia "le da sentido a sus vidas". Cuando un tsunami mató a algunos cientos de miles de personas el día después de Navidad, los fundamentalistas rápidamente interpretaron este cataclismo como evidencia de la ira de Dios: resulta que Dios estaba enviando a la humanidad otro mensaje indirecto sobre los males del aborto, la idolatría y la homosexualidad. Aunque moralmente obscena, esta interpretación de los acontecimientos termina siendo razonable, si aceptamos determinadas (ridículas) suposiciones. Los moderados, por el contrario, se rehúsan a extraer absolutamente ninguna conclusión sobre Dios a partir de sus obras. Dios sigue siendo un perfecto misterio, una mera fuente de consuelo que es compatible con la existencia del mal más desolador. Ante desastres como el tsunami asiático, la piedad liberal tiende a producir las más pasmosas y rebuscadas tonterías imaginables. Así y todo, hombres y mujeres de buena voluntad naturalente prefieren tales vacuidades a la odiosa moralización y profetización de los verdaderos creyentes. Entre catástrofes, sin duda es una virtud de la teología liberal que ésta enfatice la compasión sobre la ira. Vale la pena señalar, sin embargo, que es compasión humana –no de Dios– la que se vemos cuando los cadáveres hinchados son rescatados del mar. En los días en que miles de niños a la vez son arrancados de los brazos de sus madres y ahogados por pura casualidad, la teología liberal debe ser revelada como lo que es –puras pretensiones. Incluso la teología de la ira tiene más mérito intelectual. Si Dios existe, su voluntad no es inescrutable. Lo único inescrutable en estos hechos terribles es que tantos hombres y mujeres neurológicamente sanos puedan creer lo increíble y pensar que eso es el pináculo de la sabiduría moral.

Es completamente absurdo que los religiosos moderados sugieran que un ser humano racional pueda creer en Dios simplemente porque esta creencia le hace feliz, alivia su miedo a la muerte o le da sentido a su vida. La absurdidad se hace obvia en el momento en que cambiamos la noción de Dios por alguna otra proposición consoladora: imagine, por ejemplo, que un hombre desea creer que hay un diamante del tamaño de un refrigerador enterrado en algún lugar de su patio. No hay duda de que se sentiría extraordinariamente bien creer esto. Sólo imagine qué pasaría entonces si ese hombre siguiera el ejemplo de los religiosos moderados y mantuviera dicha creencia en términos pragmáticos: cuando se le pregunta por qué piensa que hay un diamante en su patio que es miles de veces más grande que ninguno descubierto hasta ahora, el hombre dice cosas como "Esta creencia le da sentido a mi vida", o "Mi familia y yo disfrutamos cavando los domingos para encontrarlo", o "Yo no querría vivir en un universo donde no hubiera un diamante del tamaño de un refrigerador enterrado en mi patio trasero". Claramente, estas respuestas son inadecuadas. Pero son peores que eso. Son las respuestas de un loco o de un idiota.

Aquí podemos ver por qué la apuesta de Pascal, el salto de fe de Kierkegaard y otros esquemas de Ponzi epistemológicos no sirven. Creer que Dios existe es creer que uno se encuentra en alguna relación con su existencia, tal que su existencia es en sí misma la razón de nuestra creencia. Tiene que haber alguna conexión causal, o una apariencia de la misma, entre el hecho en cuestión y la aceptación de ese hecho por parte de una persona. De este modo, podemos ver que las creencias religiosas, para ser creencias sobre cómo es el mundo, deben ser tan probatorias en espíritu como cualquier otra. Pese a todos sus pecados contra la razón, los fundamentalistas religiosos entienden esto; los moderados –casi por definición– no.

La incompatibilidad entre la razón y la fe ha sido por siglos una característica evidente de la cognición humana y del discurso público. O bien una persona tiene buenas razones para aquello que firmemente cree, o no las tiene. Las personas de todos los credos reconocen naturalmente la primacía de la razón y recurren al razonamiento y las evidencias siempre que pueden. Cuando el pensamiento racional apoya el credo, aquel es siempre defendido, pero cuando representa una amenaza, es ridiculizado. A veces ambas cosas en la misma frase. Sólo cuando las evidencias a favor de una doctrina religiosa son débiles o inexistentes, o hay evidencia innegable en su contra, sus adherentes invocan la "fe". Si no, simplemente citan las razones de sus creencias (por ejemplo, "el Nuevo Testamento confirma las profecías del Antiguo Testamento", "Yo vi la cara de Jesús en una ventana", "Rezamos, y el cáncer de nuestra hija entró en remisión"). Tales razones son generalmente inadecuadas, pero son mejores que ninguna razón en absoluto. La fe no es más que la licencia que la gente religiosa se otorga a sí misma para seguir creyendo cuando las razones fallan. En un mundo que ha sido fragmentado por creencias religiosas mutuamente incompatibles, en una nación cada vez más atada a concepciones de Dios propias de la Edad de Hierro, el final de los tiempos y la inmortalidad del alma, esta perezosa división de nuestro discurso en asuntos de razón y asuntos de fe se ha vuelto excesiva.

La fe y la sociedad buena

La gente de fe afirma regularmente que el ateísmo es responsable de algunos de los crímenes más espantosos del siglo XX. Aunque es cierto que los regímenes de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot fueron irreligiosos en diversos grados, no fueron perticularmente racionales. De hecho, sus declaraciones públicas eran poco más que letanías de engaños: engaños sobre raza, economía, identidad nacional, la marcha de la historia o los peligros morales del intelectualismo. En muchos aspectos, la religión fue directamente culpable incluso en estos casos. Considere el Holocausto: el antisemitismo que construyó ladrillo a ladrillo los crematorios nazis fue una herencia directa del cristianismo medieval. Durante siglos, los alemanes religiosos habían visto a los judíos como la peor especie de herejes y atribuido todos los males sociales a su continua presencia entre los fieles. Mientras en Alemania el odio a los judíos se expresaba de un modo predominantemente secular, la demonización religiosa de los judíos de Europa continuó. (El propio Vaticano perpetuó el libelo de la sangre en sus periódicos en fecha tan tardía como 1914.)

Auschwitz, el Gulag y los Campos de la muerte no son ejemplos de lo que ocurre cuando la gente se torna demasiado crítica hacia las creencias injustificadas. Al contrario, estos horrores son un testimonio de los peligros de no pensar lo bastante críticamente sobre ideologías seculares específicas. Obviamente, un argumento racional contra la fe religiosa no es un argumento para la adopción ciega del ateísmo como dogma. El problema expuesto por el ateo no es otro que el del dogma mismo (del cual toda religión tiene bastante). No existe ninguna sociedad en la historia escrita que haya sufrido porque su gente se haya vuelto demasiado razonable.

Mientras que la mayor parte de los estadounidenses cree que deshacerse de la religión es un objetivo imposible, gran parte del mundo desarrollado ya lo ha logrado. Cualquier historia sobre un "gen de Dios" que haga que la mayoría de los estadounidenses inevitablemente organicen sus vidas alrededor de antiguas obras de ficción religiosa, debe explicar por qué tantos habitantes de otras sociedades del Primer Mundo aparentemente carecen de dicho gen. El nivel de ateísmo a lo largo del resto del mundo desarrollado refuta cualquier argumento de que la religión es de algún modo una necesidad moral. Países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Países Bajos, Dinamarca y el Reino Unido se encuentran entre las sociedades menos religiosas de la Tierra. Según el Informe de 2005 de la ONU sobre el Desarrollo Humano, son también los más sanos, como indican las medidas de esperanza de vida, alfabetismo adulto, ingreso per cápita, nivel educativo, igualdad de género, tasa de homicidios y mortandad infantil. A la inversa, las 50 naciones ranqueadas más bajo en términos de desarrollo humano son firmemente religiosas. Otros análisis pintan el mismo cuadro: Estados Unidos es único entre las democracias ricas por su nivel de fundamentalismo religioso y oposición a la teoría evolutiva. También es único por las altas tasas de homicidio, abortos, embarazos de adolescentes, infecciones venéreas y mortandad infantil. La misma comparación es cierta dentro de los Estados Unidos: los estados del sur y del medio oeste, caracterizados por los niveles más altos de superstición religiosa y hostilidad hacia la teoría evolutiva, están especialmente plagados por los indicadores de disfunción social antes mencionados, mientras que los comparativamente seculares estados del noreste se ajustan más a los niveles europeos. Desde luego, este tipo de datos correlacionales no resuelven las cuestiones de causalidad: la creencia en Dios puede conducir a la disfunción social, la disfunción social puede fomentar la creencia en Dios, cada factor puede fomentar el otro, o bien ambos factores pueden surgir de alguna fuente más profunda de disfuncionalidad. Dejando de lado la cuestión de causa y efecto, estos hechos demuestran que el ateísmo es perfectamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civil. También demuestran, de manera concluyente, que la fe religiosa no hace nada para asegurar el bienestar de una sociedad.

Los países con altos niveles de ateísmo también son los más caritativos en términos de prestación de ayuda exterior a los países en desarrollo. La dudosa relación entre el fundamentalismo cristiano y los valores cristianos también es refutado por otros índices de caridad. Considere la razón entre los salarios de los CEOs de más alto nivel y el de su empleado medio: en Gran Bretaña es de 24 a 1; en Francia, de 15 a 1; en Suecia, de 13 a 1; en Estados Unidos, donde el 83% de la población cree que Jesús literalmente resucitó de entre los muertos, es de 475 a 1. Pareciera que muchos creen poder hacer pasar fácilmente un camello por el ojo de una aguja.

La religión como fuente de violencia

Uno de los mayores desafíos que deberá enfrentar la civilización en el siglo XXI es que los seres humanos aprendan a hablar sobre sus preocupaciones personales más profundas –sobre la ética, la experiencia espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento humano– de formas que no sean flagrantemente irracionales. Nada obstaculiza más el camino de este proyecto que el respeto que otorguemos a la fe religiosa. Doctrinas religiosas incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales separadas –cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, etc.– y estas divisiones se han convertido en motivo constante de conflicto humano. Ciertamente, la religión es hoy en día una fuente tan activa de violencia como lo ha sido en todo momento en el pasado. Los conflictos recientes en Palestina (judíos contra musulmanes), los Balcanes (serbios ortodoxos contra croatas católicos; serbios ortodoxos contra musulmanes bosnios y albaneses), Irlanda del Norte (protestantes contra católicos), Cachemira (musulmanes contra hindúes), Sudán (musulmanes contra cristianos y animistas), Nigeria (musulmanes contra cristianos), Etiopía y Eritrea (musulmanes contra cristianos), Sri Lanka (budistas cingaleses contra hindúes tamiles), Indonesia (musulmanes contra cristianos timoreses), Irán e Irak (musulmanes chiítas contra musulmanes suníes) y Cáucaso (rusos ortodoxos contra musulmanes chechenos; musulmanes azerbaijanos contra armenios católicos y ortodoxos) son sólo algunos ejemplos. En estos lugares, la religión ha sido la causa explícita de literalmente millones de muertes en los últimos 10 años.

En un mundo dividido por la ignorancia, sólo el ateo se niega a rechazar lo obvio: la fe religiosa promueve la violencia humana a un nivel asombroso. La religión inspira violencia en al menos dos sentidos: (1) a menudo las personas matan a otros seres humanos porque creen que el creador del Universo quiere que así lo hagan (el corolario psicopático inevitable es que ese acto les asegurará una eternidad de felicidad después de la muerte). Los ejemplos de este tipo de comportamiento son prácticamente innumerables, siendo el de los atentados suicidas jihadistas el más prominente. (2) Cada vez más personas se inclinan hacia el conflicto religioso simplemente porque su religión constituye el núcleo de sus identidades morales. Una de las patologías duraderas de la cultura humana es la tendencia a educar a los niños a temer y demonizar a otros seres humanos en base a la religión. Muchos conflictos religiosos que parecen motivados por intereses terrenales son, por lo tanto, de origen religioso. (Sólo pregunte a los irlandeses.)

A pesar de estos hechos, los religiosos moderados tienden a imaginarse que el conflicto humano siempre puede reducirse a la falta de educación, a la pobreza o a quejas políticas. Esta es una de las muchas ilusiones de la piedad liberal. Para disiparla, sólo tenemos que reflexionar sobre el hecho de que los secuestradores del 11-S eran universitarios de clase media que no tenían ninguna historia conocida de opresión política. Sí pasaban, sin embargo, una gran cantidad de tiempo en su mezquita local, hablando de la depravación de los infieles y de los placeres que esperan a los mártires en el Paraíso. ¿Cuántos arquitectos e ingenieros mecánicos más deberán estrellarse contra la pared a 600 kilómetros por hora antes de que admitamos que la violencia jihadista no es un asunto de educación, pobreza o política? La verdad, por increíble que parezca, es esta: una persona puede tener un nivel de educación tan alto como para saber construir una bomba nuclear y al mismo tiempo creer que obtendrá 72 vírgenes en el Paraíso. Tal es la facilidad con que la mente humana puede ser particionada por la fe, y tal es el grado al cual nuestro discurso intelectual todavía aloja pacientemente a la ilusión religiosa. Sólo el ateo ha observado lo que ya debería ser obvio para todo ser humano pensante: si queremos desarraigar las causas de la violencia religiosa debemos desarraigar las falsas certezas de la religión.

¿Por qué la religión es una fuente tan poderosa de violencia humana?
  • Nuestras religiones son intrínsecamente incompatibles entre sí. Jesús resucitó de entre los muertos y volverá a la Tierra como un superhéroe, o no. El Corán es la palabra infalible de Dios, o no lo es. Cada religión hace afirmaciones explícitas sobre cómo es el mundo, y la verdadera profusión de estas afirmaciones incompatibles crea una base duradera para el conflicto.
  • No hay ninguna otra esfera de discurso en la que los seres humanos articulen de manera tan completa sus mutuas diferencias, o en la que expresen estas diferencias en términos de recompensas y castigos eternos. La religión es la única empresa en la que el pensamiento nosotros-ellos alcanza una significación trascendente. Si una persona realmente cree que llamar a Dios por el nombre correcto puede marcar la diferencia entre la felicidad eterna y el sufrimiento eterno, entonces se hace muy razonable tratar a los herejes e incrédulos bastante mal. Hasta puede ser razonable matarlos. Si una persona piensa que hay algo que otra persona puede decirles a sus hijos que podría poner en peligro sus almas para toda la eternidad, entonces el vecino hereje es en realidad mucho más peligroso que el pederasta. Los riesgos de nuestras diferencias religiosas son inconmensurablemente más altos que aquellos nacidos del mero tribalismo, del racismo o de la política. 
  • La fe religiosa es un obstáculo al diálogo. La religión es la única área de nuestro discurso donde las personas están sistemáticamente protegidas de la demanda de aportar evidencias de las creencias que firmemente sostienen. Y sin embargo, estas creencias a menudo determinan aquello por lo que viven, aquello por lo que morirán, y –demasiado a menudo– aquello por lo que matarán. Esto es un problema, porque cuando hay mucho en juego los seres humanos tienen una elección muy simple entre el diálogo y la violencia. Sólo una buena predisposicion a ser razonables –a soportar que nuestras creencias sobre el mundo sean revisadas por nuevas evidencias y nuevos argumentos– puede garantizar que sigamos hablando entre nosotros. La certeza sin pruebas es necesariamente divisoria y deshumanizadora. Aunque no existe ninguna garantía de que la gente racional siempre vaya a ponerse de acuerdo, es indudable que la gente irracional siempre estará dividida por sus dogmas. 

Parece profundamente improbable que vayamos a curar las divisiones existentes en nuestro mundo simplemente multiplicando las oportunidades para el diálogo interreligioso. El objetivo para la civilización no puede ser la tolerancia mutua de la irracionalidad manifiesta. Aunque todas las partes en el discurso religioso liberal han acordado ser cautos en aquellos puntos en los que de otra forma sus visiones del mundo chocarían, estos mismos puntos siguen siendo perpetuas fuentes de conflicto para sus correligionarios. La corrección política, por lo tanto, no ofrece una base duradera para la cooperación humana. Si la guerra religiosa alguna vez va a pasar a ser algo inconcebible para nosotros, del mismo modo que la esclavitud y el canibalismo parecen destinados a serlo, será gracias a que hayamos prescindido del dogma de la fe.

Cuando tenemos razones para aquello que creemos, no necesitamos fe. Cuando no tenemos razones, o las que tenemos son malas, hemos perdido nuestra conexión con el mundo y entre nosotros. El ateísmo no es más que un compromiso con el nivel más básico de honestidad intelectual: nuestras convicciones deberían ser proporcionales a nuestras evidencias. Pretender tener la razón cuando no es así –de hecho, pretender tener razón sobre proposiciones para las cuales ninguna evidencia es siquiera concebible– es una falta moral e intelectual. Sólo el ateo ha comprendido esto. El ateo es simplemente una persona que ha percibido las mentiras de la religión y que se ha negado a hacerlas propias.